La mentira de una Switzer

1

Vamos a México

—No —repetí firmemente.

Mi padre me veía duramente, de pie frente a mí con sus brazos cruzados y el ceño fruncido. Probablemente esta discusión se debía a que éramos demasiado similares, porque incluso yo tenía la misma postura desafiante que él en este momento.

Y ambos estábamos decididos a no perder.

—Te permití estar ausente desde que cumpliste quince años, pero ya no eres una niña. Es hora de que asumas tu lugar en la familia.

—No quiero ser parte de eso —respondí, frunciendo aún más el ceño—. Además, ¿qué más te da si no voy? ¡Tienes más hijos que están felices de hacerlo!

—Háblame con más respeto —exigió.

—Querido padre —dije, con un tono dulce excesivo—, no deseo acompañarlos de nuevo y realmente espero que lo entienda.

Hizo una mueca de exasperación, estando al tanto que ni siquiera me importaba si lo entendía o no. No iba a acompañarlos, y esa era mi última palabra.

—Bien —aceptó con frialdad—. Pero si te quedas, no tendrás permiso de salir en toda la semana.

Eso no importaba, podía invitar a mis amigos a la casa.

—Está bien —me encogí de hombros, dándome la vuelta para alejarme.

—Y no podrás invitar a nadie a la casa —añadió.

Gruñí.

—Bien, no me importa —bramé.

Antes de que pudiera salir de su despacho, lanzó el golpe final.

—También le diré a los cocineros que no trabajen esta semana.

Me detuve, apretando los dientes.

—No importa —repetí—. Al menos, yo sí aprendí a cocinar.

Eso no era del todo cierto, pero Katie me había enseñado a hacer huevos revueltos, y no me importaba comer eso mañana, tarde y noche, con tal de quedarme aquí.

Era en momentos como este cuando me daba cuenta de que, en mis diecinueve años de vida, no había aprendido a hacer nada útil.

—Solo dime una cosa —interrumpió, justo cuando tomaba el pomo de la puerta—, ¿qué piensas cocinar? Todos los empleados de la casa tendrán la semana libre, además del personal de seguridad, y no hay nada que puedas consumir.

—¡Entonces, ¿piensas matarme de hambre por quedarme?! —me giré, furiosa—. ¿¡Por qué insistes tanto en que vaya!? ¡No te importó por cuatro años!

—Ya te lo dije —suspiró con cansancio, cerrando por un momento sus ojos con exasperación—. Ya no eres una niña, Amaya, y tienes que tomar tu lugar en la familia.

Quise golpear algo con fuerza hasta que me dolieran los nudillos, pero no me podía permitir arruinar mis manos por una pelea con mi padre.

Sabía que haría lo imposible para obligarme a ir a ese maldito viaje. En ese instante, pensé seriamente si morir de hambre sería mejor que ceder.

—Si voy este año, tienes que prometerme que podré ausentarme en los siguientes.

—No —respondió sin titubear.

Solté un bufido de exasperación.

—Entonces me quedaré, sin importar que muera.

Volví a darme la vuelta y, sin esperar más, abrí la puerta de golpe, pero su voz me detuvo de nuevo.

—Dos años —dijo con calma. No le dirigí ni una mirada—. Si asistes este año, puedes ausentarte los siguientes dos. No más.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Si aceptaba ir este año, tendría dos años de libertad. No era mal trato, y quizás en ese tiempo podría separarme definitivamente de esta familia. Además, ir no significaba que tuviera que pasar toda la semana con ellos.

—De acuerdo.

No esperé a que respondiera algo y, al fin, salí de su despacho sin mirar atrás.

Aunque estuve consiente de un par de insistentes miradas en todo el trayecto de la pequeña sala que estaba afuera del despacho, decidí ignorarlas. No necesitaba amargarme más la noche, especialmente con mi madre y hermana, a las que vi antes de entrar a hablar con mi padre.

Subí a mi habitación justo cuando Jayden bajaba para la cena. Su cabello castaño seguía tan perfecto como al inicio del día, como si las horas y labores no le afectaran en absoluto, sus ojos café claros me vieron por un segundo y, mientras caminaba a mi lado con toda la gracia que a mí me faltaba, prosiguió a ignorarme por completo.

Cómo quisiera que mis padres y hermana tuvieran la decencia de mi hermano mayor al fingir que no existía.

—¡Maya!

La voz de Caleb me tomó por sorpresa y, sin poder reaccionar a tiempo, recibí entre mis brazos al pequeño, quien había saltado un par de escalones con la intención de que lo atrapara. Casi caí de espaldas, pero logré sostenerme.

—¡Hola, enano, ¿cómo estás?! —pregunté, sonriendo.

A veces me concentraba tanto en mis padres y en mis dos molestos hermanos, que olvidaba que tenía a un ángel de cinco años que alegraba mis días. Aunque compartía la misma sangre que los otros dos, su inocencia lo hacía mejor en todos los sentidos.

—¡Muy feliz, porque pude verte! —me abrazó con fuerza—. ¿Vas a comer con nosotros?

Sonreí con pena mientras lo bajaba lentamente para evitar caer por las escaleras.

—Lo siento, ya cené —su sonrisa se desvaneció—. ¡Pero no te preocupes, te tengo una sorpresa!

De inmediato su expresión triste desapareció, y la sonrisa volvió a iluminar su rostro.

—¿¡Cuál!?

—¡Mañana pasaremos todo el día juntos!

Frunció su pequeño ceño, ladeando un poco su cabeza mientras sus ojos cafés me miraban con incredulidad.

—Pero mañana iremos de nuevo a México, y tú nunca vas con nosotros.

—Bueno, esta vez sí iré, y podremos pasar toda la semana juntos si quieres.

—¿¡En serio!?

—¡Claro!

—¡Eso es genial! —gritó emocionado, abrazándome de nuevo—. ¡Ya quiero que conozcas a todos mis amigos!

—Yo...

—Caleb —interrumpió una voz a mis espaldas, casi haciéndome saltar—, es hora de cenar. No hagas esperar a nuestros padres.

—¡Sí, ya voy!

Caleb me soltó y se despidió con la mano mientras caminaba hacia Jayden, quien se había quedado a los pies de las escaleras para esperarlo.

Suspiré mientras miraba cómo sus espaldas se perdían de mi vista, para después continuar mi camino. Estando en mi habitación, empaqué lo necesario para el viaje de una semana, intentando que fuera lo más ligero posible.




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