La mentira de una Switzer

4

Primera cita

Me acerqué de nuevo a la puerta, viendo a través del empañado vidrio a algunas personas afuera. Dirigí mi mirada hacia Elijah, quien mantenía una sonrisa en el rostro porque, al parecer, le parecía graciosa la situación.

—Lo ves, está ocupada —escuché que decía alguien.

—¡Les dije que era en el "V", no en el "B"! —exclamó una chica.

—Creí haber escuchado que era esta —dijo alguien más.

—Bueno, Elijah dijo que lo tendría en verde y este, claramente, está en rojo —dijo alguien más, con voz más tranquila.

—También está la posibilidad de que Elijah no haya llegado aún.

—O que ya no vaya a venir.

—Vayamos a ver el otro.

Cuando vi que empezaban a alejarse, Elijah se acercó a la puerta y colocó la mano encima de la palanca.

—¡Oig...!

Al instante, cubrí su boca con mi mano, para evitar que hablara.

—¿¡Qué haces!? —exclamé en un susurro, cerciorándome de que ellos no lo hubieran escuchado—. ¿No te das cuenta de que sigo aquí?

Tomó mi mano, sin dejar de verme con diversión, y la quitó de su boca.

—Sal conmigo hoy.

Fruncí mi ceño.

Si hubiera sido una pregunta, me hubiera tomado el tiempo de pensarlo; sin embargo, parecía que era una orden que, obviamente, no pensaba cumplir.

—Por supuesto que no.

Elevó una de sus cejas, como si no esperara esa respuesta.

—¡Chic...!

Volví a cubrir su boca.

—¿Por qué lo haces? Deja que salga y luego llama a tus amigos.

—Te lo dije, estoy con ellos todo el tiempo. Hoy, quiero pasar el día contigo.

—¿Por qué? —suspiré—. Ni siquiera les dijiste que no pasarías el día con ellos.

—¿De verdad tengo que expresarlo con palabras? —se inclinó hacia mí—. Las cosas hermosas suelen llamar mi atención a primera vista.

Su vista recorrió mi cuerpo, recordándome lo que había ocurrido hacía un momento.

Oh, Dios, de verdad era todo un patán y no deseaba más que borrarle la sonrisa con mi puño.

También me incliné hacia enfrente, acercando mi rostro al suyo, algo que pareció gustarle ya que su sonrisa se ensanchó.

—Antes que nada, yo no soy una cosa —siseé—. Pero, ahora que lo pienso, nunca sabrás si soy una persona hermosa si no me conoces.

Él sonrió, como si hubiera dicho esa oración para que esa fuera mi respuesta.

—Bien —apretó mi mano, que sostenía desde que la quitó de su boca—. Aunque creo que en una buena cita primero cenamos y luego nos desnudamos, sería interesante hacerlo al revés.

Me solté de su agarre, separándome de él.

—No nos desnudamos —le di un toque en el pecho, para que se alejara un poco más—. Tú me viste desnuda y, ahora que lo pienso, eso puede ser considerado acoso sexual.

Elevó ambas manos en señal de rendición.

—Podemos ponernos a mano —comentó, poniendo una de sus manos encima de la toalla.

—¡No! —exclamé, deteniendo su mano—. ¡Solo necesitamos cenar para tener una buena cita!

—Bien —respondió, sin borrar su sonrisa—. Y, entonces, ¿vas a decirme cómo te llamas?

Se inclinó hacia mí, provocando que soltara su mano y diera un paso atrás.

Esta era mi oportunidad para decirle la verdad y, así, deshacerme de él por completo. Pero mi orgullo era más grande que aceptar sus futuras miradas de odio si llegaba a hacer eso.

Aunque no era exactamente el tipo de hombre con el que me gustaría formar una amistad, tal vez era yo la que lo estaba juzgando antes de conocerlo. Después de todo, solo me estaba mostrando la parte de él que le mostraba a todo el mundo.

Pero todas las personas siempre tenían cosas que ocultaban de los demás y, aunque algunas veces encontrabas tesoros corrompidos, otras veces podían ser tesoros hermosos por los que valía la pena esperar.

Deseaba que fuera la segunda cosa y no estuviera a punto de perder mi tiempo en una expedición que me podía haber ahorrado.

—Te lo diré al final del día.

Elevó una ceja.

—¿En serio? —asentí.

—Dependiendo de cómo te comportes —dije, cruzándome de brazos mientras me alejaba de él para sentarme.

Soltó una pequeña risa, dándose la vuelta para sentarse a unos metros de mí, acomodándose en la banca. Recostó su cuerpo, dejando caer su cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

—Bien, me gustan los retos.

No pude evitar sonreír después de escuchar sus palabras.

—Oye, ¿no quieres hacer algo más... interesante?

Abrió uno de sus ojos, dirigiéndome una pequeña mirada.

—¿Qué tienes en mente?




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