La mentira de una Switzer

8

Diversión

Mientras caminaba al lado de Elijah por la playa hacia algún restaurante para almorzar, casi se me olvidaba que debía tener cuidado cuando estuviéramos cerca del hotel.

Por supuesto, tenía que recordarlo de una forma para nada agradable.

Aunque iba demasiado entretenida con lo que hablábamos, porque a diferencia de lo que creí sí quiso hablar sobre el museo y lo que le parecía interesante de las esculturas, mi vista, por pura casualidad, cayó en un grupo de chicas que estaban tomando el sol en la playa.

No habría pasado si una de ellas, la única que no nos daba la espalda, miraba en nuestra dirección con el ceño demasiado fruncido y la boca tan abierta que cualquiera podía tirarle arena y tragaría la mayoría.

Al principio, le regresé la mirada con el ceño fruncido; sin embargo, me di cuenta que ni siquiera me miraba a mí, sino que a Elijah.

Estaba a punto de preguntarle si la conocía, hasta que vi que le dijo algo a sus compañeras y, entonces, me percaté de que estaba con Sheela. Apenas vi cuando ella estaba a punto de darse la vuelta en nuestra dirección, cuando tomé el brazo de Elijah y pegué mi rostro contra su pecho.

Sentí que su pecho se movía mientras reía.

—Tranquila, puedes esperar a que lleguemos a una habitación —mencionó con diversión.

Fruncí mi ceño, dirigiéndole una mala mirada desde abajo, pero no me separé. No pensaba alejarme hasta que entráramos al hotel.

—Vamos rápido, tengo mucha hambre —dije, haciendo que camináramos más rápido.

No le presté mucha atención a sus bromas mientras lo jalaba por la playa hasta el hotel, asegurándome de no haber mostrado mi rostro en la dirección en que ellas se encontraban.

Al estar adentro, me aseguré de no ver a nadie más conocido antes de alejarme de su pecho; sin embargo, seguí jalándolo del brazo hasta que estuvimos frente a uno de los restaurantes que eran del territorio Moore.

No estaba escrito en ningún papel, pero sabía que ninguno de los Switzer o sus invitados vendrían a este lugar.

—¿Acaso viniste con un exnovio o algo por el estilo? —preguntó, elevando una de sus cejas, después de sentarnos en una mesa.

—¿Por qué vendría de viaje con mi exnovio? —inquirí.

—Puede ser del mismo grupo de amigos —se encogió de hombros.

Un camarero llegó a nuestra mesa y preguntó amablemente si deseábamos ordenar. Elijah ordenó casi enseguida mientras yo leía la carta y me decidía por algo.

Después de que se fuera, Elijah bebía un poco de agua y, viéndome de forma curiosa, preguntó:

—Entonces, ¿de quién te escondías?

—Mi hermana —respondí, antes de darme cuenta.

—¿Estás aquí con tu familia? —asentí—. Entonces, el amigo con el que saliste ayer, ¿también lo conociste en el hotel?

Pensé en una excusa rápido, sin apresurarme a responder.

—No, es un amigo de la familia, nos acompaña en el viaje.

Colocó su codo sobre la mesa, recostando su barbilla sobre su mano mientras inclinaba su cabeza.

—¿Por qué huías de tu hermana?

Abrí mi boca para responder, pero pronto volví a cerrarla y sonreí, imitando su posición.

—¿Esto es un interrogatorio o una cita? —inquirí, divertida.

Soltó una pequeña risa.

—Entonces, ¿estamos en una cita? Creí que era una reunión de amigos.

—Me gusta más ese término.

—Qué curioso, a mí me gusta más la palabra cita.

El mesero llevo nuestras bebidas y entradas, haciendo una leve inclinación mientras decía que le podíamos informar de cualquier problema y se fue.

—Bueno, creo que es más divertido salir con amigos —dije—. Si tratas de hacerte amigo de alguien, eres más real que cuando buscas impresionar a alguien en una cita.

—Tendré que tomar en cuenta que no te gusta que te impresionen.

Evité reír, inclinándome un poco sobre la mesa.

—Para que no sea un interrogatorio, juguemos a las veinte preguntas.

—¿Solo veinte? ¿Y qué si deseo hacer más?

—Tendrás que hacer las más importantes, entonces.

Las primeras preguntas fueron normales, como nuestra edad, dónde vivíamos y con quiénes habíamos venido de viaje. Fueron algunas preguntas poco importantes, hasta que llevaron nuestra comida.

—¿Por qué te escondías de tu hermana? —volvió a preguntar.

—Es una niña odiosa —me encogí de hombros—. Es como un mosquito que no me dejaría tranquila si me hubiera visto.

Le resté importancia con un movimiento de mano y pregunté:

—¿Qué te gusta hacer en tus días libres?

—Mayormente trabajo con mi padre —suspiró—. Pero, cuando tengo tiempo, me gusta practicar deportes nuevos.

—Es por eso que sabes hacer kitesurf —asintió.




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