Él no perdía.
No en negocios.
No en discusiones.
Y definitivamente no frente a cientos de personas observando.
Por eso seguía inmóvil en medio del salón, con una copa intacta entre los dedos, mientras las risas todavía parecían rebotar contra las paredes.
Todo por culpa de ella.
La rubia del vestido dorado.
—¿Sabes cuál es tu problema? —había dicho ella, inclinándose apenas hacia él con una sonrisa peligrosa—. Te ves como un hombre que jamás ha escuchado un “no”.
Algunas personas soltaron risas nerviosas. Otras fingieron no escuchar. Nadie quería involucrarse cuando los hijos de familias importantes comenzaban una guerra.
Él tampoco pensaba involucrarse.
Hasta que ella tomó su copa de whisky, bebió un trago como si le perteneciera y añadió:
—Relájate, príncipe. Tener dinero no te vuelve interesante.
Y luego se marchó.
Así de fácil.
Como si no acabara de humillarlo frente a media ciudad.
Él observó cómo desaparecía entre la multitud, tambaleándose apenas sobre unos tacones imposibles, ignorando miradas, reglas y sentido común. Todos parecían abrirle paso, no por respeto… sino por precaución.
Como si fuera una tormenta.
—No le hagas caso —murmuró alguien a su lado—. Está loca.
Él casi respondió que ya lo había notado.
Porque había algo mal en esa chica. Algo peligrosamente mal.
Las personas normales medían sus palabras. Calculaban consecuencias. Fingían educación. Ella no. Ella hablaba como si el mundo entero fuera un juguete barato que podía romper cuando quisiera.
Y lo peor era que parecía divertirse haciéndolo.
Él finalmente dejó la copa sobre una bandeja y aflojó el nudo de la corbata.
—¿Quién demonios es ella?
Hubo un pequeño silencio.
—¿No sabes quién es? —preguntó uno de sus amigos, sorprendido—. Es la hija menor de los Ashbourne.
Entonces entendió.
Claro.
Dinero viejo. Escándalos caros. Influencia suficiente para sobrevivir a cualquier desastre.
Ella debía ser el tipo de persona que jamás escuchaba la palabra límite.
Y aun así…
Aun así, algo de todo eso le molestaba más de lo que debería.
No la humillación.
No las risas.
Sino la manera en que ella lo había mirado.
Como si pudiera leerlo.
Como si, entre todos los hombres del salón, hubiera decidido que él era el único al que valía la pena provocar.