La Mentira más Hermosa

3. El hombre perfecto

La fiesta había comenzado a volverse insoportablemente aburrida cuando ella decidió divertirse.

Políticos riendo demasiado fuerte. Empresarios fingiendo humildad. Mujeres perfectas con sonrisas perfectas y matrimonios perfectamente miserables.

Asqueroso.

Entonces lo vio.

Traje negro.
Postura impecable.
Expresión fría.

El tipo de hombre que probablemente organizaba su agenda una semana antes y jamás derramaba una gota de alcohol sobre la mesa.

El hombre perfecto.

Eso ya le cayó mal.

—¿Quién es él? —preguntó ella, girando lentamente la copa entre los dedos.

—¿Aldrick Castell? —respondió una amiga—. El hijo mayor de los Castell. Básicamente heredó medio mundo y la personalidad de un contador.

Ella soltó una risa.

—Oh, eso explica la cara de funeral.

No pensaba acercarse.

De verdad no pensaba hacerlo.

Pero entonces lo vio rechazar a una chica con una educación tan impecable que resultaba ofensiva. Ni siquiera parecía humano. Era demasiado correcto. Demasiado limpio. Demasiado… controlado.

Y ella odiaba a la gente controlada.

Porque las personas así siempre creían estar por encima de todos.

Error.

La rubia caminó directamente hacia él, ignorando la voz de alguien intentando detenerla.

—Hola, príncipe azul.

Él la miró apenas unos segundos.

Eso fue suficiente para irritarla más.

Ni sorpresa. Ni nervios. Ni interés.

Como si ella fuera otra persona más en la fila intentando llamar su atención.

Qué equivocación.

—¿Nos conocemos? —preguntó él con calma.

—No. Pero ya decidí que me caes mal.

Ella escuchó varias risas alrededor. Él no reaccionó.

—Entonces quizá deberías mantener distancia.

Y ahí estuvo el problema.

El tono.

La forma tranquila y superior en que lo dijo.

Como si estuviera acostumbrado a controlar cualquier situación.

Como si pudiera controlarla a ella.

La sonrisa de la rubia se volvió lenta.

Peligrosa.

—¿Siempre hablas como terapeuta divorciado o hoy hiciste un esfuerzo especial?

Ahora sí algunas personas rieron más fuerte.

Él apenas levantó una ceja.

—¿Siempre buscas atención o sólo cuando tomas demasiado?

Oh.

Oh, grave error.

Ella se acercó un paso más.

—Cariño, si quisiera atención, estaría bailando sobre la mesa. Esto apenas es entretenimiento.

Y antes de que él pudiera responder, ella tomó su copa de whisky.

La misma que él había estado sosteniendo toda la noche.

Bebió un trago sin apartar la mirada de sus ojos y luego hizo una mueca exagerada.

—Dios… hasta tu bebida tiene personalidad aburrida.

Las carcajadas alrededor fueron inmediatas.

Pero ella todavía no terminaba.

Giró apenas hacia el grupo que observaba la escena y preguntó en voz alta:

—¿Alguien más siente que este hombre nació con cuarenta años y una hipoteca?

La gente ya no intentó disimular.

Incluso algunos hombres se rieron.

Y ahí fue cuando ocurrió.

Por primera vez, Aldrick Castell perdió la compostura.

No mucho. Apenas un segundo.

Pero ella lo vio.

La tensión en su mandíbula.
La mirada oscura.
La mano apretando demasiado fuerte el vaso vacío.

Perfecto.

Porque los hombres como él odiaban dos cosas:

Perder el control.

Y convertirse en el chiste de la noche.




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