La Mentira más Hermosa

4. ¿Otra vez tú?

Pasaron años antes de que Aldrick Castell volviera a verla.

Años tranquilos.
Demasiado tranquilos.

A veces escuchaba su nombre en conversaciones ajenas. Algún nuevo escándalo. Alguna fiesta absurda. Una fotografía borrosa saliendo de un club a las cuatro de la mañana.

Y cada vez sentía la misma irritación inexplicable.

Como si aquella chica hubiera dejado una marca invisible en su orgullo.

Por eso, cuando dobló la esquina del estacionamiento privado aquella noche y escuchó risas, no esperaba encontrarse con ella arrodillada junto a un automóvil negro de lujo.

Rayándolo con una llave.

—No, no, más grande la letra —decía ella entre carcajadas—. Si vamos a arruinarle la vida a alguien, mínimo que tenga buena caligrafía.

Había otras cuatro personas alrededor grabando y riéndose como idiotas.

Aldrick reconoció el coche inmediatamente.

Porque era suyo.

Se quedó observando la enorme línea plateada atravesando la puerta del conductor mientras una palabra comenzaba a aparecer lentamente sobre la pintura negra.

IDI—

Increíble.

Simplemente increíble.

Ella estaba usando una llave para insultarlo en su propio auto.

Entonces habló:

—Termina la palabra. Ahora tengo curiosidad.

El silencio fue inmediato.

Uno de los chicos palideció. Otro escondió el teléfono. Una chica murmuró un insulto por lo bajo.

Y la rubia…

La rubia levantó lentamente la cabeza.

Por un segundo pareció sorprendida.

Sólo un segundo.

Después sonrió.

—Oh. El dueño.

Sus “amigos” reaccionaron primero.

—Tenemos que irnos.

—Yo ni quería hacerlo.

—Fue idea de ella.

Traidores.

En menos de diez segundos todos desaparecieron, dejándola completamente sola junto al coche destruido.

Ella observó cómo huían y soltó una risa seca.

—Cobardes.

Aldrick cruzó los brazos.

—¿Eso fue lo mejor que se te ocurrió hacer un viernes por la noche?

Ella se puso de pie con tranquilidad, guardándose la llave dentro del bolso como si aquello fuera perfectamente normal.

Llevaba una chaqueta de cuero negra y el maquillaje ligeramente corrido. Se veía cansada. Hermosa, sí, pero cansada.

Aunque seguía teniendo esa mirada peligrosa.

—En mi defensa —dijo ella—, era una apuesta grupal.

—¿Y perdiste?

—No. Técnicamente iba ganando hasta que apareciste.

Él miró el rayón otra vez.

—¿Siempre actúas como una criminal adolescente?

—¿Siempre hablas como un abogado de divorcios caros?

Eso casi le arrancó una sonrisa.

Casi.

Ella notó el mínimo cambio en su expresión y lo señaló acusadoramente.

—Ah, no. Ni se te ocurra verte humano ahora. Ya decidí que eres insoportable.

Aldrick negó con la cabeza.

No entendía cómo alguien podía ser tan irritante y tan extrañamente entretenida al mismo tiempo.

—¿Sabes cuánto cuesta arreglar esto?

Ella miró el coche apenas un segundo.

—Mucho.

—Entonces deberías preocuparte.

—¿Por qué? Tú eres millonario.

La respuesta fue tan inmediata que él soltó una risa corta antes de poder evitarlo.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Te acabas de reír de mí?

—No exactamente.

—Qué grosero.

El viento movió ligeramente el cabello rubio de ella mientras el silencio caía entre ambos por primera vez.

Y entonces Aldrick notó algo raro.

Ella estaba temblando.

Muy poco. Casi imperceptible.

Pero ahí estaba.

Como si el frío le atravesara la piel aunque la noche no fuera particularmente helada.

—¿Estás borracha? —preguntó él.

—No.

—Entonces estás loca.

Ella sonrió apenas.

Pero esta vez la sonrisa no llegó a los ojos.

—Eso ya lo sabías desde la fiesta.




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