Aldrick seguía observando el rayón en la puerta de su coche cuando ella habló otra vez.
—Voy a pagarlo.
Él levantó la vista lentamente.
Avery tenía los brazos cruzados y una expresión fastidiada, como si odiara incluso tener que ofrecerlo.
—¿Con qué? —preguntó él—. ¿Con dinero de papi?
Error.
Grave error.
Ella se quedó completamente quieta.
La sonrisa desapareció de inmediato.
—No vuelvas a decir eso.
Aldrick la miró sin cambiar la expresión.
—¿Por qué? ¿Te molesta que la gente recuerde de dónde sale todo lo que tienes?
Ella soltó una risa seca.
Pero no divertida.
De esas que salen cuando alguien acaba de tocar el último nervio que quedaba intacto.
—Vaya… así que debajo del traje caro sí eres un imbécil.
—Y tú una niña caprichosa que cree que el mundo funciona a base de berrinches.
—No sabes nada de mí.
—Sé suficiente.
Eso la hizo estallar.
—¿Suficiente? —repitió acercándose—. Tú no sabes lo que he tenido que hacer para que dejen de tratarme como una muñeca estúpida.
Aldrick sostuvo su mirada.
—Pues no está funcionando.
Silencio.
Pesado.
Peligroso.
Ella bajó lentamente la vista hacia él, evaluándolo de arriba abajo con una calma extraña.
Y entonces sonrió.
No era una sonrisa bonita.
Era el tipo de sonrisa que aparece justo antes de un desastre.
—¿Sabes cuál es tu problema, Castell?
—Ilumíname.
—Crees que estás por encima de todos.
—Generalmente lo estoy.
La respuesta salió demasiado rápido.
Demasiado arrogante.
Y ella lo odió inmediatamente.
—Qué triste.
Antes de que él pudiera responder, ella dio un paso al frente y le soltó una patada directa a la rodilla.
No lo suficientemente fuerte para lastimarlo seriamente.
Sí lo suficiente para hacerlo perder el equilibrio.
Aldrick terminó arrodillado frente a ella sobre el pavimento.
El silencio fue absoluto.
Él levantó la vista lentamente, incrédulo.
Ella se inclinó apenas hacia adelante, el cabello rubio cayendo sobre sus hombros mientras lo observaba desde arriba.
—Escúchame bien —dijo con voz baja—. Nadie está por encima de mí.
Sus ojos brillaban con furia real.
No la teatral.
No la divertida.
La que venía de algún lugar mucho más profundo.
Y por primera vez desde que la conoció, él entendió algo importante:
Aquella chica no peleaba por diversión.
Peleaba como alguien que llevaba toda la vida sobreviviendo.