Aldrick seguía arrodillado frente a ella.
El dolor en la rodilla era soportable.
La humillación no.
El estacionamiento estaba casi vacío, pero había suficiente gente alrededor para reconocerlo. Un guardia observando desde lejos. Dos chicos grabando discretamente con el teléfono. Un valet intentando fingir que no miraba.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Avery retrocedió un paso, satisfecha.
—Mucho mejor —dijo—. La arrogancia te queda más natural desde abajo.
Aldrick se puso de pie lentamente.
Demasiado lentamente.
Y eso fue lo que hizo que ella dejara de sonreír.
Porque había algo distinto en él ahora.
Ya no parecía irritado.
Parecía furioso.
—¿Terminaste? —preguntó él con voz tranquila.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—¿Vas a llorar por tu rodilla o por tu ego?
Aldrick avanzó hacia ella.
Sin levantar la voz.
Sin perder la compostura.
Eso era peor.
—Sube al auto.
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Perdón?
—Vas a pagar el daño que hiciste.
—¿Y qué? ¿Planeas secuestrarme?
—Créeme, si quisiera secuestrarte no te estaría dando opción.
Eso hizo que el silencio cambiara de forma.
Más pesado.
Más peligroso.
Ella entrecerró los ojos.
—No me das órdenes.
—Y tú acabas de atacar físicamente a alguien y destruir propiedad privada. Ya tuvimos suficiente circo por hoy.
—Oh, mírate —se burló ella—. Todo serio y controlador otra vez.
Aldrick dio otro paso.
Ella no retrocedió.
—Sube al maldito auto.
—No.
Los dos se quedaron inmóviles.
Desafiándose.
Y entonces la rubia sonrió lentamente.
Porque en el fondo le encantaba esto.
Le encantaba empujar personas hasta ver cuándo explotaban.
Pero Aldrick no explotó.
Simplemente tomó su muñeca y comenzó a arrastrarla hacia el coche.
Ella soltó una carcajada incrédula.
—¡¿Estás loco?!
—No. Tú eres el problema aquí.
—¡Suéltame!
—Cuando dejes de actuar como una adolescente criminal.
Ella intentó soltarse, pero él tenía demasiada fuerza.
—¡Castell!
—¿Qué?
—¡Te voy a demandar!
—Haz fila.
Él abrió la puerta del copiloto.
Ella lo miró con auténtica ofensa.
—No pienso subir ahí.
—Perfecto. Entonces explicaremos a la policía por qué rayaste mi auto y me atacaste frente a veinte testigos.
Silencio.
La rabia cruzó el rostro de Avery tan rápido que casi fue divertida.
—Te odio.
—El sentimiento es mutuo.
Ella lo observó unos segundos más.
Luego entró al coche dando un portazo tan fuerte que hizo vibrar el vehículo entero.
Aldrick cerró los ojos un segundo.
Respiró hondo.
Y por primera vez en años pensó algo completamente irracional:
Aquella chica iba a destruir su paciencia… o su vida. Probablemente ambas.