Aldrick apenas había encendido el motor cuando escuchó el sonido de la puerta abrirse de golpe.
—¿Qué demonios…?
Avery salió del auto antes de que él pudiera detenerla.
—¡¿A dónde vas?! —espetó bajando inmediatamente detrás de ella.
Ella no respondió.
Caminó directo hacia otro vehículo estacionado unos metros más allá. Un sedán gris completamente desconocido.
Aldrick frunció el ceño.
—Ni siquiera es mi auto.
Entonces ella sacó otra vez la llave.
Y rayó la puerta.
Una línea brutal atravesó la pintura.
Aldrick se quedó inmóvil un segundo, incrédulo.
—¿Estás enferma?!
Ella giró hacia él de golpe.
—¡No es tu auto! ¿¡Cuál es el maldito problema entonces!?
La furia en su voz lo golpeó más fuerte de lo esperado.
No sonaba divertida esta vez.
Sonaba rota.
Ella volvió a pasar la llave sobre el coche, más fuerte, más violento, como si estuviera intentando arrancarse algo de encima.
—¡Todos actúan como si fuera el fin del mundo! ¡Es sólo un maldito auto!
—¡Basta!
Ella soltó la llave al suelo con un ruido metálico.
Y entonces gritó.
Un grito real.
Crudo.
Lleno de frustración.
La respiración comenzó a romperse en su pecho mientras se pasaba ambas manos por el cabello rubio de forma desesperada.
—¡Estoy harta! ¿¡Sí?! ¡Harta de todo!
Aldrick sintió algo incómodo apretarle el estómago.
Porque aquello ya no parecía berrinche.
Parecía alguien perdiendo el control frente a sus ojos.
Ella se alejó unos pasos tambaleándose, riéndose sin humor.
—Mira esto… —murmuró—. Otra escena pública. Qué sorpresa.
Aldrick avanzó hacia ella.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Mentira.
—¿Y a ti qué te importa?
La pregunta salió afilada.
Defensiva.
Como un animal herido mostrando los dientes.
Él la observó unos segundos.
Y notó otra vez ese temblor en sus manos.
La mirada perdida.
La respiración irregular.
Algo estaba muy mal ahí.
Pero ella seguía intentando disfrazarlo con arrogancia.
—Escúchame bien —dijo Aldrick con firmeza—. Ya terminaste de destruir propiedad ajena por esta noche.
Ella soltó una risa temblorosa.
—¿Qué vas a hacer? ¿Llevarme arrestada?
—No.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Aldrick tomó su brazo otra vez.
Pero esta vez no hubo discusión.
No hubo amenazas vacías.
Porque algo en su expresión hizo que incluso ella entendiera que había cruzado un límite.
La llevó directamente hacia el auto mientras ella forcejeaba apenas.
—¡Castell, suéltame!
—No.
—¡No puedes obligarme!
—Obsérvame.
Ella intentó zafarse una vez más.
Él abrió la puerta trasera esta vez.
—¿Por qué atrás? —espetó ofendida.
—Porque claramente no sabes comportarte adelante.
—¡Vete al demonio!
—Después de ti.
La rubia lo fulminó con la mirada.
Pero terminó entrando al coche.
Y mientras Aldrick cerraba la puerta, se dio cuenta de algo inquietante:
Ya no estaba enfadado únicamente por los rayones.
Estaba enfadado porque empezaba a sospechar que aquella chica llevaba demasiado tiempo rompiéndose sola… y nadie parecía haberlo notado.