La Mentira Más Hermosa

8. Sin rastro de humanidad

—Ponte el cinturón.

La voz de Aldrick sonó fría mientras avanzaba por la avenida vacía.

Avery, sentada atrás, soltó una carcajada burlona.

—¿Qué sigue? ¿Una charla motivacional?

—Sigue que dejes de comportarte como una amenaza pública.

—Uy, qué miedo.

Aldrick apretó la mandíbula.

Llevaban apenas cinco minutos dentro del auto y ya sentía la cabeza explotándole.

—¿Siempre eres así o específicamente hoy decidiste superarte?

Ella no respondió de inmediato.

Él la vio por el espejo retrovisor.

Estaba inclinada hacia la ventana, observando las luces de la ciudad pasar rápidamente. Su maquillaje corrido la hacía ver extrañamente cansada.

Entonces habló:

—¿Y tú siempre necesitas controlar todo?

—Alguien tiene que hacerlo.

—Claro. Porque si no, el mundo colapsa y el gran Aldrick Castell deja de sentirse superior.

—No estoy de humor para tus juegos.

Ella sonrió apenas.

—Yo sí.

Y entonces ocurrió.

Demasiado rápido.

Avery se inclinó hacia adelante entre los asientos y tomó el volante.

—¡¿Qué demonios haces?!

El auto giró violentamente.

Las llantas chillaron contra el asfalto.

Aldrick intentó recuperar el control mientras el vehículo se desviaba directamente hacia la barrera metálica.

—¡Suéltalo!

Ella soltó una risa completamente desequilibrada.

Y el impacto llegó.

Un golpe brutal.

Metal retorciéndose.
Vidrio explotando.
Silencio.

Por unos segundos, Aldrick no escuchó nada más que un pitido agudo en los oídos.

El aire olía a humo.

Dolor.

Giró la cabeza lentamente.

Avery estaba recostada contra la puerta trasera.

Había sangre.

Demasiada.

Un corte profundo atravesaba su brazo y parte de su costado, manchando la chaqueta negra de rojo oscuro. Pequeños fragmentos de vidrio seguían atrapados entre su cabello rubio.

Y aun así…

Sonreía.

Aldrick sintió una mezcla absurda de furia y alarma.

—¿Ya estás satisfecha? —espetó con la respiración agitada—. Porque vas a pagar muy caro esto.

Ella soltó una risa débil.

Una risa completamente rota.

—¿Pagar? —murmuró—. Sería más fácil si murieras tú. Así no tendría que pagar nada.

Aldrick la observó incrédulo.

—¿Estás escuchándote?

—Perfectamente.

Él intentó abrir su puerta.

Atascada.

Maldijo por lo bajo.

—Si yo muero —dijo con frialdad—, tu familia cae mañana conmigo.

Ella levantó apenas la mirada hacia él.

Y entonces volvió a reír.

Pero esa risa…

Esa sí sonó peligrosa.

Vacía.

—¿Mi familia? —susurró—. A mí no me importan ellos.

La sangre seguía deslizándose lentamente por su brazo.

Cada vez más.

Ella ya estaba demasiado pálida.

—Ellos no existen para mí.

Y fue ahí cuando Aldrick lo entendió.

Aquella chica era aterradora.

Porque incluso desangrándose frente a él, no había ni un solo rastro de humanidad en sus ojos.




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