El humo comenzaba a llenar lentamente el interior del auto.
Aldrick finalmente logró abrir su puerta de una patada y salió tambaleándose al pavimento. El dolor le atravesó el hombro de inmediato, pero lo ignoró.
La miró al otro lado.
Ella seguía dentro.
Recostada contra la puerta trasera.
Cubierta de sangre.
Y sonriendo apenas, como si todo aquello fuera una broma privada.
—Sal del auto —ordenó él mientras rodeaba el vehículo.
—No.
Aldrick abrió la puerta trasera con fuerza.
El metal rechinó.
—¿Quieres morir aquí?
Ella levantó lentamente la vista.
—Tal vez.
La respuesta lo hizo enfurecer más de lo que debería.
—Deja de decir estupideces.
—Deja de dar órdenes.
Intentó tomarla del brazo.
Grave error.
Ella reaccionó inmediatamente.
A pesar de la sangre.
A pesar del estado en que estaba.
Le golpeó la mano y trató de apartarlo de una patada.
—¡No me toques!
—¡Estás herida!
—¡No me importa!
La respiración de ella ya sonaba irregular, pero seguía peleando como un animal atrapado.
Aldrick empezaba a perder la paciencia.
—Escúchame bien, loca de mierda, puedes odiarme mañana. Hoy vas a salir de aquí.
Ella intentó empujarlo otra vez.
—¡Déjame!
—No.
—¡No necesito ayuda!
—Claramente sí.
Eso la hizo enfurecer.
Sus ojos brillaron con auténtica rabia mientras trataba de soltarse aunque apenas podía mantenerse consciente.
—¡No me mires así!
—¿Así cómo?
—¡Como si estuviera rota!
El silencio cayó apenas un segundo.
Y Aldrick sintió algo extraño en el pecho.
Porque aquella frase no sonó arrogante.
Sonó desesperada.
Las luces de otro vehículo iluminaron el lugar.
El auto del asistente de Aldrick acababa de detenerse detrás del choque.
—¡Señor Castell! —gritó el hombre saliendo apresuradamente.
Perfecto.
Aldrick volvió a mirar a Avery.
Tenía el rostro demasiado pálido ahora. La sangre seguía cayendo lentamente desde su costado.
Y aun así todavía intentó apartarlo cuando volvió a acercarse.
—No me cargues —advirtió ella entre dientes.
—Ya cállate.
—Te juro que si me—
No terminó la amenaza.
Porque él simplemente la tomó entre sus brazos.
Ella forcejeó inmediatamente.
Débil, pero violenta.
—¡Suéltame!
—No.
—¡Castell!
—¿Sabes qué? Ya me cansé de discutir contigo.
Ella golpeó su hombro herido y él soltó un insulto por lo bajo.
—¡Bájame!
—Te estás desangrando y todavía eres insufrible. Honestamente es impresionante.
Ella soltó una risa breve.
Casi delirante.
—Te odio tanto…
—Sí, sí. Después me agradeces.
—Nunca.
Aldrick la llevó hasta el auto de su asistente mientras ella seguía resistiéndose incluso medio inconsciente.
Y fue entonces cuando entendió algo aterrador:
Aquella chica preferiría morir antes que permitir que alguien la cuidara.