—Más rápido —ordenó Aldrick desde el asiento trasero.
El asistente asintió nerviosamente mientras aceleraba entre las calles vacías.
La rubia estaba recostada contra la puerta, respirando cada vez peor. Había dejado manchas de sangre sobre el asiento negro y aun así seguía negándose a quedarse quieta.
—No necesito un hospital —murmuró.
—Ya cállate.
—Qué controlador eres…
Su voz empezaba a perder fuerza.
Eso debía tranquilizarlo.
No lo hizo.
Aldrick tomó una de las telas del botiquín del auto y presionó el costado herido de ella.
Avery soltó un quejido ahogado y trató de apartarlo.
—¡No me toques!
—Si sigues moviéndote vas a empeorar la hemorragia.
—No me importa.
—Pues a mí sí.
Ella soltó una risa débil.
Y entonces el asistente frenó bruscamente en un semáforo, cuando escuchó la puerta abrirse.
Error.
Porque olvidó activar el seguro de las puertas.
Antes de que Aldrick pudiera reaccionar, ella abrió la puerta y se lanzó fuera del vehículo.
—¡Mierda!
Salió detrás de ella inmediatamente.
La encontró tirada sobre el pavimento, respirando con dificultad mientras intentaba levantarse otra vez aunque apenas tenía fuerzas.
—¿Estás completamente enferma? —gruñó él sujetándola antes de que volviera a caer.
Ella soltó una risa rota.
—Suéltame…
—No.
—Déjame morir, ¿sí?
La frase salió tan tranquila que por un segundo todo quedó en silencio.
Incluso el ruido de la ciudad pareció desaparecer.
Ella levantó apenas la mirada hacia él.
Sus ojos ya estaban vidriosos por la pérdida de sangre.
—Soy muy cobarde para hacerlo por mi cuenta.
Aldrick sintió algo helado recorrerle el cuerpo.
No había dramatismo en su voz.
No estaba provocándolo.
Lo decía en serio.
—No —respondió él con firmeza.
Ella cerró los ojos un momento, agotada.
—Qué fastidio eres…
—No vas a morir esta noche.
—Tú no decides eso.
—Sí lo hago.
Ella volvió a reír apenas.
Débil.
Casi delirante.
Aldrick la sostuvo con más fuerza antes de que volviera a desplomarse.
—Voy a llamar a tus padres.
Eso hizo que ella abriera los ojos inmediatamente.
Y por primera vez… pareció realmente alterada.
—No.
—Necesitan saber dónde estás.
—No van a venir.
—Claro que—
—No atenderán tu llamada en cuanto menciones mi nombre.
El silencio cayó de golpe.
Él frunció el ceño.
Ella sonrió apenas, pero esa sonrisa daba más miedo que cualquiera de sus gritos.
Vacía.
Resignada.
—Haz la prueba si quieres… —murmuró—. Para ellos, yo ya soy un problema perdido.