—Haz la prueba si quieres… Para ellos, yo ya soy un problema perdido.
Y entonces su cuerpo dejó de resistir.
Sus piernas cedieron de golpe.
La cabeza cayó contra el pecho de Aldrick mientras toda la tensión desaparecía de sus músculos al mismo tiempo.
—¡Ey!
Él la sostuvo antes de que golpeara el suelo otra vez.
No hubo respuesta.
Avery finalmente se había desmayado.
Aldrick sintió una presión incómoda en el pecho mientras apartaba el cabello ensangrentado de su rostro.
Demasiado pálida.
Demasiado fría.
—¡Abre la puerta! —ordenó al asistente.
La subió nuevamente al auto sin escuchar las protestas nerviosas del hombre al volante.
—Hospital. Ahora.
El trayecto fue un borrón de luces rojas, sangre y silencio.
Por primera vez desde que conocía a aquella chica…
Ella dejó de pelear.
Y eso fue muchísimo peor.
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Lo primero que sintió al despertar fue dolor.
Un dolor insoportable.
Luego vino el olor a antiséptico.
Hospital.
Avery abrió los ojos lentamente, confundida por la luz blanca del techo. Intentó moverse y un ardor brutal atravesó su costado.
—Maldición…
Su voz salió ronca.
—Oh, miren eso —dijo una voz fría desde algún lugar a su derecha—. Desafortunadamente sigues viva.
Ella giró apenas la cabeza.
Castell.
Sentado en una silla junto a la cama.
Traje arrugado.
Ojeras leves.
Expresión agotada.
La observaba con los brazos cruzados como si estuviera decidiendo si estrangularla o irse.
Ella tardó unos segundos en procesarlo.
Después suspiró.
—Qué mala suerte la mía.
—Créeme, el sentimiento es mutuo.
Intentó incorporarse.
Error.
El dolor la obligó a volver a caer sobre la almohada con una mueca de furia.
—No te muevas —dijo él inmediatamente.
Ella lo miró con odio.
—¿Por qué sigues aquí?
Él sostuvo su mirada unos segundos.
—Porque alguien tenía que asegurarse de que no intentaras aventarte por otra puerta en movimiento.
La rubia soltó una risa seca.
Pero se veía agotada.
Muy agotada.
Por un momento ninguno habló.
Entonces ella miró discretamente las vendas alrededor de su brazo y costado.
Y preguntó lo único que realmente parecía importarle:
—¿Cuánto tardan en darme de alta?
Aldrick casi pierde la paciencia otra vez.
Porque incluso después de todo aquello…
Incluso después de casi morir…
Aquella chica seguía actuando como si sobrevivir fuera sólo una molestia más.