La Mentira Más Hermosa

12. Firmé por ti

La habitación quedó en silencio después de aquella pregunta.

—¿Cuánto tardan en darme de alta?

Aldrick la observó unos segundos antes de responder.

—No pronto.

Ella hizo una mueca.

—Asco.

—Casi mueres.

—Pero no morí. Qué tragedia.

Él ignoró el comentario.

Ya estaba empezando a entender que aquella chica utilizaba el sarcasmo como otras personas usan armaduras.

—Dormiste diez horas después de la cirugía.

Ella frunció apenas el ceño.

—¿Cirugía?

—Tenías una hemorragia interna.

Avery parpadeó lentamente, como si intentara recordar algo.

El accidente.
La sangre.
La calle.

Después soltó un suspiro fastidiado.

—Genial. Ahora además soy costosa.

Aldrick apoyó los codos sobre las rodillas y la observó con calma.

—Tu familia no vino.

Ella no reaccionó.

Ni sorpresa.
Ni tristeza.

Nada.

Como si ya lo supiera desde antes de quedarse inconsciente.

—Te dije que no contestarían.

—Contestaron.

Eso sí hizo que ella girara lentamente la cabeza hacia él.

—¿Y?

La expresión de Aldrick se endureció apenas.

—Tu padre pidió que dejaran de llamarlo por “otro escándalo tuyo”.

Ella soltó una pequeña risa.

Vacía.

—Sí. Ese definitivamente es él.

—Tu madre tampoco quiso venir.

Esta vez la sonrisa desapareció por completo.

Pero sólo por un segundo.

—¿Y qué excusa dio?

—Dijo que estabas exagerando para llamar la atención.

Silencio.

Avery volvió lentamente la mirada hacia el techo.

Como si aquello no le afectara.

Como si lo hubiera escuchado demasiadas veces antes.

Y quizá por eso mismo, Aldrick sintió más rabia.

—¿Entonces qué? —murmuró ella—. ¿Van a mandarme a algún centro psiquiátrico elegante o algo así?

—No.

—¿No?

Aldrick respiró lentamente antes de hablar.

—Arreglé todo mientras dormías.

Ella frunció el ceño.

Eso sí parecía preocuparle.

—¿Qué significa “todo”?

—Que la policía no presentará cargos por el accidente ni por los daños.

—Ah, claro. Dinero.

—También significa que legalmente ya no estás bajo custodia de tus padres.

La rubia giró la cabeza de golpe.

Por primera vez desde que despertó parecía genuinamente desconcertada.

—¿Qué?

—Les retiré la custodia temporal.

Ella lo observó como si acabara de hablar en otro idioma.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que lo tiene.

—¡Tengo veinte años!

—Y aun así seguías registrada bajo dependencia legal familiar por tu historial médico y financiero.

Eso la dejó completamente callada.

Aldrick continuó:

—Tus padres firmaron todo sin pelear.

La frase cayó como una bomba silenciosa.

Ella tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Firmaron… qué?

—La transferencia de responsabilidad.

—Así de fácil.

No era una pregunta.

Era incredulidad pura.

Aldrick sostuvo su mirada.

—Así de fácil.

Avery soltó una risa pequeña.

Pero había algo roto en ella ahora.

Algo mucho más frágil que antes.

—Increíble… —murmuró—. Ni siquiera intentaron fingir.

Aldrick apretó la mandíbula.

Porque él sí había peleado.

Había amenazado abogados.
Pagado médicos.
Movido contactos.
Manipulado documentos.

Todo en menos de diez horas.

Y sus padres simplemente aceptaron deshacerse de ella.

Como si estuvieran entregando un problema incómodo.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó ella finalmente.

Él la miró fijamente.

—Porque las leyes dejan de importar cuando tienes suficiente dinero.

Ella sostuvo su mirada unos segundos más.

Y entonces sonrió apenas.

Una sonrisa peligrosa.

Cansada.

—Perfecto —susurró—. Ahora oficialmente le pertenezco a otro hombre rico. Qué cuento de hadas tan horrible.




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