Durante esas diez horas después de la cirugía.
Aldrick siempre ha odiado a las personas impulsivas.
Las personas impulsivas destruyen empresas.
Familias.
Vidas.
Por eso Avery Ashbourne lo irritaba tanto.
Porque ella era caos puro.
Y aun así…
No podía sacarla de su cabeza la imagen de ella ensangrentada en medio de la calle, mirándolo como si morir no significara absolutamente nada.
“Déjame morir, ¿sí?”
Apoyó ambas manos sobre el escritorio del hospital mientras observaba los documentos frente a él.
Informes médicos.
Reportes policiales.
Historial psicológico.
Un desastre.
—Legalmente esto sigue siendo complicado, señor Castell —dijo el abogado con cautela—. Avery Ashbourne es mayor de edad.
—Lo sé.
—Entonces una tutela temporal requerirá cooperación familiar.
Levantó apenas la mirada.
—La tendrán.
El abogado dudó un segundo.
—¿Ya habló con los padres?
Sí.
Y él desearía no haberlo hecho.
Porque todavía sentía el mismo asco recorriéndo su cuerpo al recordar aquella llamada.
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—Su hija tuvo un accidente grave esta noche.
Silencio.
Esperaba preocupación.
Urgencia.
Algo.
En cambio, la voz del padre de Avery sonó cansada.
Molesta.
—¿Qué hizo ahora?
Eso fue todo.
Ni “¿está viva?”
Ni “¿qué pasó?”
Sólo fastidio.
Aldrick sintió irritación inmediata.
—Está hospitalizada.
—Entiendo.
Y aun así no preguntó nada más.
Como si estuvieran hablando de un problema administrativo y no de su hija desangrándose en cirugía.
Peor fue la madre.
—¿Está consciente? —preguntó la mujer.
Por un segundo Aldrick pensó que al menos ella reaccionaría diferente.
Error.
—No todavía.
—Entonces supongo que no puede causar problemas por unas horas.
Aldrick casi colgó ahí mismo.
Pero siguió escuchando.
Porque necesitaba entender qué clase de familia convertía a una chica en alguien como Avery Ashbourne.
Y obtuvo su respuesta muy rápido.
—Mire, señor Castell —dijo el padre finalmente—, si esto termina en escándalo mediático, nuestros abogados hablarán con los suyos.
Ni una sola pregunta sobre su estado.
Nada.
Como si Avery ya no fuera una persona para ellos.
Sólo un inconveniente caro.
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—Señor Castell…
La voz del abogado lo hizo volver al presente.
Respiró lentamente.
—Sus padres firmarán cualquier cosa que los mantenga lejos del problema.
Su asistente levantó la vista desde la tablet.
—¿Y la señorita Ashbourne?
Aldrick soltó una risa seca.
—Ella va a odiarme.
—¿Entonces por qué hacer esto?
Buena pregunta.
Porque ni él mismo entendía completamente por qué seguía ahí.
¿Por qué demonios había pasado diez horas arreglando problemas que no le correspondían?
¿Por qué estaba intentando salvar a una chica que prácticamente había intentado matarlos a ambos?
La respuesta apareció sola en su cabeza:
Porque nadie más iba a hacerlo.
Y eso lo enfurecía más de lo que debería.
Tomó la pluma del escritorio.
—Quiero acceso completo a sus expedientes médicos.
El abogado asintió mientras organizaba los documentos.
—También necesitaremos autorización para tratamientos futuros.
—La tendrán.
—¿Y respecto a la residencia de la señorita Ashbourne?
Levantó lentamente la mirada.
—No volverá con sus padres.
Hubo un pequeño silencio.
Su asistente fue el primero en reaccionar.
—¿Piensa llevársela a la mansión Castell?
—Por ahora, sí.
El abogado pareció incómodo.
—Señor Castell… eso podría interpretarse de muchas maneras.
—No me interesa cómo se interprete.
Porque después de escuchar a sus padres hablar de ella como si fuera basura problemática, había tomado una decisión.
Avery Ashbourne no iba a regresar a una casa donde su propia madre consideraba su hospitalización una molestia administrativa.
No mientras dependiera de él.
—Necesitaré personal médico privado —continuó—. Seguridad también.
Su asistente arqueó una ceja.
—¿Seguridad?
Aldrick lo miró sin cambiar la expresión.
—Esa mujer se lanzó de un vehículo en movimiento después de causar un accidente.
—Buen punto.
—Y cuando despierte, intentará escapar.
El abogado soltó una respiración lenta.
—¿Está seguro de querer involucrarse tanto?
Aldrick no respondió inmediatamente.
Porque la verdad era incómoda.
No estaba seguro de nada desde que Avery Ashbourne había aparecido en su vida.
Sólo sabía una cosa:
Si la dejaban sola otra vez, iba a terminar muerta.
Y aparentemente él era el único idiota al que eso le parecía inaceptable.
Firmó sin dudar.
Como si acabara de cerrar un trato empresarial más.
Pero en el fondo sabía la verdad.
Aquello no era un negocio.
Era una guerra.
Y acababa de encadenarse voluntariamente a la persona más inestable que había conocido en su vida.