Horas después.
Lo primero que Avery hizo al despertar sola fue arrancarse el suero.
Porque claramente los analgésicos no estaban funcionando lo suficiente.
El dolor en el costado seguía siendo insoportable, pero eso no importaba ahora.
Lo importante era salir de ahí.
Los hospitales significaban vigilancia.
Preguntas.
Control.
Y ella odiaba las tres cosas.
Miró lentamente la habitación vacía.
Perfecto.
Con cuidado apartó las sábanas y apoyó los pies en el suelo.
Mala idea.
Un mareo brutal la golpeó inmediatamente.
—Oh, genial… —murmuró sujetándose de la cama.
Respiró hondo varias veces hasta recuperar algo de equilibrio.
Después avanzó.
Paso por paso.
Lento.
Doloroso.
Pero avanzó.
La bata del hospital era humillante, las vendas tiraban de su piel y sentía el cuerpo demasiado pesado, pero la adrenalina seguía empujándola.
Necesitaba escapar antes de que Aldrick regresara.
Porque si ese hombre realmente había conseguido control legal sobre ella, entonces estaba peor de lo que pensaba.
Llegó hasta la puerta.
La abrió apenas unos centímetros.
Y ahí estaba el problema.
Un guardia privado.
Cerró lentamente los ojos.
—Voy a matar a Castell…
Intentó cerrar la puerta sin hacer ruido.
—Señorita Ashbourne.
Maldición.
Giró lentamente hacia el hombre con una sonrisa falsa.
—¿Sabías que encarcelar pacientes es ilegal?
—El señor Castell pidió vigilancia permanente.
Claro que sí.
Por supuesto que el psicópata controlador haría algo así.
Apoyó una mano sobre el marco de la puerta para disimular el mareo.
—Sólo quiero caminar un poco.
—El médico indicó reposo absoluto.
—El médico puede irse al demonio.
El guardia no reaccionó.
Qué irritante.
Observó el pasillo rápidamente.
Dos enfermeras al fondo.
Ascensores a la derecha.
Distancia posible si corría.
Bueno… “corría” era una palabra optimista considerando que apenas podía mantenerse consciente.
Pero igual lo intentó.
Porque Avery Ashbourne toma malas decisiones incluso medicada.
Empujó al guardia con toda la fuerza que le quedaba y salió al pasillo.
—¡Señorita Ashbourne!
Corrió.
O algo parecido.
Descalza.
Sosteniéndose el costado vendado.
Tropezando cada tres pasos.
Las enfermeras comenzaron a gritar inmediatamente.
—¡La paciente no debe levantarse!
—¡Deténganla!
—¡Avery!
Demasiado tarde.
Alcanzó el ascensor y presionó el botón repetidamente mientras respiraba con dificultad.
—Vamos… vamos…
Las puertas se abrieron.
Y sonrió victoriosa apenas un segundo antes de congelarse.
Porque Aldrick Castell estaba dentro del ascensor.
Silencio.
La observó de arriba abajo.
La bata abierta de un lado.
El brazo sangrando otra vez.
Respiración agitada.
Descalza.
Debía parecer una paciente psiquiátrica escapando de una película de terror.
Aldrick suspiró lentamente.
—Increíble.
Intentó retroceder.
Error.
El mareo la golpeó demasiado fuerte esta vez.
Sus piernas cedieron apenas.
Y Aldrick la sostuvo antes de que terminara en el suelo.
Avery levantó la vista hacia él furiosa.
—Suéltame.
—No.
—Te odio.
—Eso ya quedó claro.
Intentó apartarse otra vez.
—No puedes encerrarme aquí.
Aldrick la observó unos segundos.
Luego habló con una calma peligrosamente fría:
—Avery, te abriste los puntos intentando huir cuarenta y ocho horas después de una cirugía interna.
Parpadeó.
—…¿Cuarenta y ocho? ¿Ya pasó tanto tiempo?
—Dormiste casi dos días.
Oh.
Eso explicaba muchas cosas.
—Perfecto —murmuró Avery—. Ahora además perdí tiempo de vida.
Aldrick cerró los ojos un segundo, claramente agotado.
Después volvió a cargarla entre sus brazos mientras protestaba inmediatamente.
—¡Bájame!
—No.
—¡Puedo caminar sola!
—Mentira.
—¡Controlador!
—Desquiciante.
Avery soltó una risa pequeña.
Débil.
Y apoyó la cabeza contra su hombro apenas un segundo antes de murmurar:
—Igual voy a volver a escaparme.
Aldrick ni siquiera pareció sorprenderse.
—Sí. Ya asumí eso.