La Mentira Más Hermosa

15. Segundo intento de fuga

Dos semanas habían pasado desde que Avery llegó a la mansión Castell, y aún no conseguía decidir qué detestaba más: a Aldrick, la inmensa residencia o los insoportables guardias que parecían seguir cada uno de sus movimientos.

Probablemente odiaba las tres cosas por igual.

La mansión era exageradamente grande. Fría. Silenciosa. Impecable. Exactamente el tipo de lugar donde un hombre como Aldrick Castell podía vivir sin sentirse fuera de sitio, organizando cada minuto de su existencia con una precisión enfermiza.

Avery, en cambio, ya había intentado escapar dos veces.

Bueno.

En realidad, una vez y media.

La primera terminó con ella arrancándose los puntos de la herida y regresando al hospital.

La segunda…

La segunda estaba ocurriendo en ese mismo instante.

—No puede hablar en serio… —murmuró mientras observaba la reja principal desde el balcón del segundo piso.

Dos guardias vigilaban el acceso exterior.

Otro permanecía dentro.

Y las cámaras cubrían prácticamente todos los ángulos.

¿Por qué Aldrick actuaba como si ella fuera una delincuente internacional?

Aunque, siendo sinceros, quizá tenía algunos motivos para sospechar.

Se ajustó la sudadera negra alrededor de la cintura y abrió con cuidado la puerta del balcón. Una corriente de aire frío golpeó su rostro.

Perfecto.

Abajo se extendía un enorme jardín.

Y, a pocos metros, un árbol cuyas ramas parecían lo suficientemente cercanas como para ofrecer una vía de escape.

Una sonrisa apareció en su rostro.

Por fin algo estaba de su lado.

—Avery.

El sonido de aquella voz bastó para hacer desaparecer toda su confianza.

Cerró los ojos durante un segundo antes de girarse.

Aldrick permanecía apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Vestía uno de sus habituales trajes oscuros y llevaba esa expresión de agotamiento permanente que, de algún modo, siempre resultaba intimidante.

—¿Sabes? —comentó con absoluta calma—. Empiezo a creer que tienes un problema psicológico con permanecer en un mismo lugar más de veinte minutos.

Ella levantó un dedo para señalarlo.

—Tú tienes un problema psicológico con secuestrar personas.

—No es secuestro si legalmente eres mi responsabilidad.

—Eso sigue sonando ilegal.

Él decidió ignorar el comentario. Primero observó la ventana abierta, luego el árbol y finalmente volvió a mirarla.

Hubo un breve silencio.

—¿Pensabas bajar por el árbol?

Avery alzó el mentón con orgullo.

—Tenía un plan.

—Claro. Porque el último salió excelente.

—Sobreviví.

—Apenas.

Ella puso los ojos en blanco.

—Qué dramático eres.

Aldrick comenzó a caminar hacia ella con la tranquilidad de quien no tiene ninguna prisa.

Y eso era precisamente una de las cosas que más desesperaban a Avery.

Nunca necesitaba alzar la voz para imponer su presencia.

—¿Quieres explicarme por qué sigues intentando escapar?

Ella soltó una risa incrédula.

—¿De verdad tienes que preguntarlo? Me quitaste mi libertad, llenaste la casa de guardias y prácticamente me encerraste en la mansión de un multimillonario con serios problemas de control.

—Te estás recuperando.

—Estoy atrapada.

—Estás viva.

Aquellas palabras consiguieron silenciarla apenas un instante.

Solo lo suficiente para que el enojo regresara con más fuerza.

—No es lo mismo.

Aldrick la estudió en silencio, con esa mirada analítica que parecía intentar desarmarla pieza por pieza.

Avery odiaba cuando hacía eso.

—No sabes quedarte quieta, ¿verdad? —preguntó al cabo de unos segundos.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que cada vez que las cosas empiezan a estabilizarse, buscas una forma de destruirlas.

La sonrisa burlona desapareció lentamente de su rostro.

Porque, aunque jamás lo admitiría, aquellas palabras habían estado demasiado cerca de la verdad.

—No psicoanalices mi vida, Castell.

—Entonces deja de darme motivos para hacerlo.

Avery volvió la vista hacia el jardín.

—Solo quería salir un rato.

Era mentira.

Lo que realmente quería era correr.

Alejarse.

Desaparecer antes de acostumbrarse a un lugar donde alguien pudiera darse cuenta de que se estaba rompiendo por dentro.

Sintió la mirada de Aldrick fija sobre ella durante unos segundos más.

Después él soltó un suspiro.

—Los guardias de la entrada ya tienen tu fotografía.

Ella giró lentamente la cabeza.

—¿Perdón?

—Y el personal recibió instrucciones de no dejarte salir sin compañía.

Avery lo observó horrorizada.

—Eres un enfermo.

—Precavido.

—¡Eso es mucho peor!

Por una fracción de segundo, las comisuras de los labios de Aldrick parecieron elevarse.

Apenas un gesto.

Pero fue suficiente para que Avery sintiera unas ganas irreprimibles de lanzarle cualquier objeto que tuviera al alcance de la mano.




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