La Mentira Más Hermosa

16. Un mes de desastre

Había transcurrido un mes desde que Avery llegó a la mansión Castell.

Y, durante esos treinta días, Aldrick Castell había desarrollado un ligero tic en el ojo izquierdo.

Si alguien le hubiera preguntado a Avery, ella habría considerado aquello uno de sus mayores logros.

Porque destruir la paz mental de un hombre tan insoportablemente controlado exigía una habilidad especial.

Y Avery tenía ese talento de sobra.

—¡SEÑOR CASTELL!

El grito desesperado de una de las empleadas atravesó la mansión justo cuando Avery contemplaba con absoluta tranquilidad el pequeño incendio que comenzaba a extenderse por la cocina.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Bueno… técnicamente sí quedó tostado.

Las llamas ya alcanzaban una de las cortinas.

Un pequeño detalle.

Dos minutos más tarde, Aldrick apareció en la puerta.

Estaba descalzo, con una camisa negra apenas abotonada, claramente recién despertado.

Y absolutamente furioso.

—¿¡Qué demonios pasó ahora!?

Avery, cómodamente sentada sobre la encimera, se limitó a encogerse de hombros.

—Quería hacer waffles.

—¡¿Con un soplete?!

—No encontré el encendedor largo.

Mientras uno de los guardias apagaba el fuego detrás de ellos, Aldrick cerró los ojos con una paciencia que rozaba el milagro.

—Voy a morir joven por tu culpa.

—Qué honor.

Y lo peor era que aquello apenas había ocurrido el miércoles.

El lunes, por ejemplo, Avery había conectado las enormes bocinas del salón principal a las tres de la madrugada.

Con heavy metal.

Al máximo volumen.

Simplemente porque estaba aburrida.

La reacción de Aldrick había sido memorable.

Había bajado las escaleras todavía medio dormido, preparado para encontrar una emergencia, solo para descubrir a Avery bailando sobre uno de los sofás en pijama mientras dos perros del personal ladraban histéricamente a su alrededor.

—¡¿Qué haces?!

—Terapia emocional.

—¡Son las tres de la mañana!

—Precisamente. La hora ideal para tomar malas decisiones.

El jueves consiguió activar por accidente el sistema automático contra incendios.

Toda la mansión terminó completamente empapada.

La mala suerte quiso que Aldrick regresara de una reunión importante justo en el instante en que una cascada de agua le cayó encima al cruzar la puerta.

Avery se rio tanto que terminó sentada en el suelo, incapaz de recuperar el aliento.

—No fue tan grave —consiguió decir entre carcajadas.

Él permaneció inmóvil, empapado de pies a cabeza.

—Avery.

—¿Sí?

—Estoy considerando seriamente venderte al circo.

Tampoco podía olvidarse el episodio del piano.

Aldrick poseía un piano de cola negro, elegante y absurdamente caro que ocupaba una de las salas principales.

Para Avery, aquello solo significaba una cosa.

Una oportunidad.

No lo pintó entero.

Únicamente escribió con aerosol blanco una frase sobre la superficie brillante:

“Este lugar necesita terapia”.

Aldrick permaneció observando el instrumento durante exactamente un minuto.

Sin decir una sola palabra.

Y ese silencio resultó mucho más inquietante que cualquier grito.

—¿Te gusta? —preguntó ella con evidente satisfacción.

Él respiró despacio.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que ya ni siquiera consigues sorprenderme.

Avery sonrió orgullosa.

Misión cumplida.

Durante aquel mes también había roto dos jarrones, una lámpara italiana, tres copas de cristal, un cuadro…

Y, probablemente, la estabilidad emocional de todo el personal doméstico.

Ah.

Y había intentado escapar otra vez.

Solo que aquella fuga duró exactamente nueve minutos.

Los guardias la encontraron tranquilamente sentada en una tienda cercana, comprando una bolsa de papas fritas.

Aldrick fue personalmente a recogerla.

Como siempre.

Avery subió al automóvil sin discutir.

Principalmente porque las papas estaban realmente buenas.

—¿No vas a gritarme? —preguntó mientras él conducía de regreso.

—Estoy demasiado cansado para eso.

Aquella respuesta hizo que ella girara lentamente la cabeza.

Porque Aldrick Castell parecía, en efecto, agotado.

Las leves ojeras bajo sus ojos, la mandíbula permanentemente tensa y el cansancio reflejado en su mirada eran imposibles de ignorar.

Y por un instante muy breve…

Sintió culpa.

La sensación le resultó tan desagradable que apartó la vista enseguida.

Asqueroso.

—Podrías simplemente dejarme ir.

Él dejó escapar una risa seca.

—Y tú podrías dejar de prenderle fuego a mi casa. Parece que ninguno de los dos consigue lo que quiere.

El silencio volvió a instalarse dentro del vehículo.

Después de unos segundos, Aldrick habló otra vez, sin apartar la vista del camino.

—¿Por qué haces todo esto?

Avery no respondió.

Porque la verdadera respuesta era demasiado fea para pronunciarla.

Porque, si rompía suficientes cosas…

Si hacía suficiente ruido…

Entonces nadie tenía tiempo para mirar lo que realmente importaba.

Nadie alcanzaba a darse cuenta de lo rota que estaba por dentro.




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