Dos meses después de instalarse en la mansión Castell, Avery ya conocía de memoria las rutinas de Aldrick.
Se levantaba temprano.
Trabajaba demasiado.
Dormía poco.
Y recibía llamadas insoportablemente aburridas.
Empresarios.
Abogados.
Inversionistas.
Personas adineradas utilizando palabras igual de pretenciosas.
Asqueroso.
Por eso, cuando el teléfono de Aldrick comenzó a sonar sobre la mesa de la cocina y él no estaba cerca, Avery ni siquiera se tomó la molestia de pensarlo dos veces.
Lo tomó.
Número desconocido.
Interesante.
Contestó mientras se apoyaba contra la encimera y robaba cereal directamente de la caja.
—Residencia Castell. Habla la amenaza psicológica de esta casa.
Al otro lado se hizo un breve silencio.
Después habló una mujer.
Su voz era elegante.
Suave.
Demasiado perfecta.
—…¿Perdón?
Los ojos de Avery brillaron con diversión.
Aquello prometía.
—¿Buscas a Aldrick?
—Sí. ¿Quién eres exactamente?
Había algo muy concreto escondido en aquella pregunta.
Celos.
Bueno, bueno.
Avery sonrió mientras recorría con la mirada la cocina vacía.
—Depende. ¿Quién pregunta?
La respuesta llegó apenas un segundo después.
—Soy Victoria Beaumont.
Perfecto.
Nombre de amante rica.
La sonrisa de Avery se hizo todavía más amplia.
—Claro que sí eres.
—¿Disculpa?
—Nada. Continúa.
Del otro lado de la línea se escuchó una respiración profunda.
Ya estaba perdiendo la paciencia.
Excelente.
—Necesito hablar con Aldrick.
—Está ocupado.
—Entonces dile que llamé.
Avery removió distraídamente el cereal con la cuchara mientras decidía hasta dónde quería llevar la situación.
Al parecer, muy lejos.
—¿Eres su amante?
El silencio fue absoluto.
Finalmente, la mujer respondió.
—No creo que eso sea asunto tuyo.
Oh, pero Avery pensaba exactamente lo contrario.
Después de todo, era la rubia problemática de aquella historia. Arruinar situaciones parecía formar parte de sus obligaciones.
—Entonces sí lo eres.
—¿Y tú quién eres para contestar su teléfono?
Avery observó su reflejo en la ventana.
Llevaba una sudadera enorme.
El cabello completamente desordenado.
Y una expresión que gritaba problemas psicológicos sin necesidad de decir una palabra.
Sonrió satisfecha.
—La chica que vive con él.
El silencio que siguió fue glorioso.
Podía imaginar perfectamente a la mujer tratando de procesar esa información.
Magnífico.
—Entiendo… —dijo Victoria al fin, con una voz mucho más fría.
No.
No entendía absolutamente nada.
Ni siquiera Avery entendía del todo su propia situación.
—Aunque, sinceramente —añadió con tranquilidad—, si estás pensando en casarte con él, deberías reconsiderarlo. Tiene tendencias controladoras y probablemente algunos problemas emocionales importantes.
—¿Perdón?
—Además trabaja demasiado y juzga a las personas por diversión. Bastante tóxico.
En ese instante, la puerta de la cocina se abrió.
Aldrick entró revisando unos documentos.
Primero levantó la vista hacia Avery.
Después hacia su teléfono, que seguía en la mano de ella.
Aquello nunca era buena señal.
—Oh… —murmuró Avery al verlo—. Hablando del demonio corporativo.
Él entrecerró lentamente los ojos.
—Avery…
Ella levantó un dedo para hacerlo callar.
—Shh. Estoy destruyendo tu vida amorosa.
Aldrick soltó un suspiro largo.
Uno de esos que anunciaban que su paciencia estaba a punto de agotarse.
—Dame el teléfono.
Avery retrocedió un paso, riéndose.
—¡No! ¡Ahora soy parte del chisme!
—Avery.
Victoria seguía escuchándolo todo.
Aquello solo mejoraba la situación.
—Por cierto —continuó Avery mientras Aldrick avanzaba hacia ella—, si eres la amante secreta, deberías saber que duerme abrazado a su estrés laboral.
—Voy a matarte —advirtió él.
—¡Y tiene un humor espantoso por las mañanas!
Finalmente, Aldrick consiguió arrebatarle el teléfono.
—Victoria…
Avery levantó las manos con fingida inocencia.
—¿Qué? Solo estaba siendo amable.
Él le lanzó una mirada fulminante antes de alejarse hacia otra habitación para continuar la conversación.
Ella permaneció sola en la cocina, con una sonrisa satisfecha dibujada en el rostro.
Quizá aquella mujer no era su amante.
Quizá sí.
Era imposible saberlo.
Pero había una verdad innegable.
Si aquella historia necesitaba una rubia problemática capaz de complicarle la existencia a todo el mundo…
Avery estaba desempeñando ese papel a la perfección.