La Mentira Más Hermosa

19. No eres temporal

Avery seguía sentada en el suelo, mirándolo con una indignación casi teatral.

—Eso fue un intento de homicidio.

Aldrick arqueó una ceja.

—Fue una puerta.

—Una puerta con intenciones violentas.

Al otro lado de la línea, Victoria volvió a reír.

—Creo que me agrada.

—No le des confianza —respondió Aldrick al instante.

Desde el suelo, Avery entrecerró los ojos.

—Muy tarde. Ya somos amigas.

—Ni siquiera sabes quién es.

—Se llama Victoria Beaumont, probablemente usa perfumes carísimos y claramente tiene muy mal gusto en hombres.

La carcajada de Victoria resonó otra vez a través del teléfono.

Increíble.

Le habían bastado dos minutos hablando con Avery Ashbourne para divertirse.

Aquello empezaba a parecer un fenómeno peligroso.

Aldrick se inclinó apenas hacia ella.

—¿Terminaste?

Avery sonrió con una inocencia sospechosa.

La misma expresión que solía anticipar un desastre.

—Jamás.

Por supuesto.

Victoria soltó un pequeño suspiro.

—Bueno, ahora necesito conocer el contexto completo, porque claramente hay una historia absurda detrás de todo esto.

Aldrick miró a Avery.

Ella seguía sentada en el suelo, abrazándose las rodillas como si no acabara de destrozar su privacidad hacía apenas unos minutos.

Y, para empeorar las cosas…

Parecía completamente cómoda.

Demasiado cómoda.

—No quieres escuchar el contexto completo.

—Ahora sí.

Avery levantó una mano con entusiasmo.

—¡Yo puedo contarlo!

—No.

—¡Hubo sangre!

Victoria guardó silencio durante un segundo.

—…¿Perdón?

Aldrick se pasó una mano por el rostro.

—Avery.

—¿Qué? Eso sirve para captar la atención del público.

—No eres una narradora confiable.

Ella sonrió sin el menor rastro de arrepentimiento.

—Y aun así soy mucho más divertida que tú.

Lamentablemente, tenía razón.

Victoria intervino una vez más.

—Aldrick, sinceramente necesito saber si debería preocuparme… o felicitarte.

Él volvió la vista hacia Avery.

Seguía observándolo desde el suelo con absoluta tranquilidad, como un pequeño gremlin empeñado en convertir su vida en un caos permanente.

El cabello rubio estaba completamente desordenado.

La sudadera le quedaba enorme.

Y el pequeño vendaje que todavía llevaba en el brazo recordaba el último intento de fuga.

Aldrick soltó un largo suspiro.

—Créeme. Yo también intento entenderlo.

Avery inclinó ligeramente la cabeza.

Después preguntó con una calma que resultaba sospechosa.

—Entonces… ¿sí soy tu amante secreta o no?

Victoria casi se atragantó de la risa.

Aldrick cerró los ojos durante un instante.

Paciencia.

Necesitaba mucha paciencia.

—No eres mi amante.

Avery frunció el ceño.

—Vaya. Eso sonó ofensivo.

—No pretendía ser un insulto.

—Entonces tu forma de rechazar personas necesita terapia.

Victoria ya no hacía ningún esfuerzo por contener las carcajadas.

Perfecto.

Su sufrimiento se había convertido oficialmente en entretenimiento colectivo.

Finalmente, Avery se puso de pie apoyándose en la pared.

Todavía seguía recuperándose y detestaba que alguien lo notara.

—Bueno —dijo mientras acomodaba la sudadera sobre los hombros—. Los dejo hablar de negocios aburridos, matrimonios arreglados entre ricos o cualquier cosa extraña que hagan ustedes.

Empezó a alejarse por el pasillo.

Sin embargo, se detuvo apenas unos pasos después.

No se volvió para mirarlos.

—Oye, Victoria.

—¿Sí?

Avery sonrió apenas.

Por primera vez desde que comenzó aquella conversación, no parecía una sonrisa burlona.

Era pequeña.

Extrañamente sincera.

—Si algún día sales con él… asegúrate de obligarlo a dormir más. Se queda trabajando hasta las tres de la mañana como un psicópata corporativo.

Y, sin esperar respuesta, continuó caminando hasta desaparecer.

El silencio que dejó tras de sí duró unos segundos.

Victoria fue la primera en romperlo.

—Eso fue… inesperadamente tierno.

Aldrick mantuvo la mirada fija en el pasillo vacío.

No respondió enseguida.

Porque había algo incómodo creciendo dentro de él desde la llegada de Avery.

Algo que no terminaba de gustarle.

Ella seguía siendo un desastre.

Seguía intentando escapar.

Seguía rompiendo cosas.

Seguía poniendo su paciencia al límite.

Pero, en algún punto entre incendios accidentales, discusiones interminables y un sarcasmo imposible de controlar…

Avery Ashbourne había dejado de sentirse como una presencia temporal.




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