La Mentira Más Hermosa

20. Esta versión de Avery Ashbourne

Tres meses.

Tres meses viviendo en la mansión Castell y Avery ya conocía perfectamente los horarios de todos.

Las empleadas cambiaban de turno a las siete.

Los guardias rotaban cada cuatro horas.

Aldrick llegaba tarde los jueves cuando tenía reuniones con inversionistas.

Y el despacho permanecía vacío exactamente desde las ocho hasta las diez de la noche.

Perfecto.

Entró lentamente en la habitación, observando todo a su alrededor.

Oscuro.

Ordenado.

Frío.

Exactamente igual que él.

Había algo casi irritante en la forma en que Aldrick mantenía todo bajo control. Cada libro estaba alineado. Cada documento ocupaba su lugar.

Cada objeto permanecía perfectamente intacto.

Como si pudiera organizar el mundo lo suficiente para impedir que algo saliera mal.

Qué idea tan estúpida.

Caminó despacio hasta el escritorio.

Allí estaba.

El reloj.

Un reloj antiguo, absurdamente caro, protegido dentro de una elegante caja de cristal negro.

Lo había escuchado hablar de él una vez con uno de sus socios.

«Perteneció a mi abuelo».

Ah.

Valor sentimental.

Mucho mejor.

Tomó la caja con cuidado y la observó durante unos segundos.

Bonita.

Delicada.

Importante.

Exactamente el tipo de objeto que la gente rica protegía porque necesitaba convencerse de que algunas cosas podían permanecer para siempre.

Ridículo.

—Toda esta estupidez… —murmuró mientras recorría el despacho con la mirada—. El dinero. Las reglas. El control.

Apoyó el reloj sobre el escritorio con una lentitud casi calculada.

Su reflejo apareció tenuemente sobre el cristal del ventanal.

Sonrió apenas.

Pero ya no era aquella sonrisa caótica que solía usar.

No había diversión.

Ni impulsividad.

Solo calma.

Una calma peligrosa.

—Y luego se sorprenden cuando las cosas se rompen.

Volvió a tomar el reloj.

Pesaba más de lo que había imaginado.

Pensó en Aldrick observándola como si pudiera arreglarla.

Como si encerrarla en aquella mansión bastara para impedir que se destruyera a sí misma.

Como si todavía no hubiera comprendido algo importante.

Las personas como ella no mejoraban.

Solo aprendían a ocultarlo mejor.

Una risa baja, completamente vacía de humor, escapó de sus labios.

Entonces abrió la mano.

El reloj cayó al suelo.

El impacto resonó con violencia en todo el despacho.

Cristal roto.

Metal quebrándose.

Silencio.

Avery contempló las piezas dispersas sobre el piso.

Y no sintió absolutamente nada.

Ni culpa.

Ni satisfacción.

Nada.

Porque aquella no era la Avery escandalosa que incendiaba cocinas o intentaba escapar por diversión.

No.

Aquella versión era peor.

Mucho peor.

Era la parte de sí misma que destruía las cosas despacio.

Con paciencia.

Con intención.

Se agachó junto a los restos del reloj y tomó uno de los fragmentos metálicos entre los dedos.

Lo observó unos instantes.

—Ahora sí parece realista —murmuró.

—¿Qué demonios hiciste?

La voz de Aldrick atravesó el silencio.

Ella levantó lentamente la vista.

Él permanecía inmóvil en la entrada del despacho.

Su mirada estaba fija en el reloj destrozado sobre el suelo.

Y, por primera vez desde que se conocían…

No parecía enfadado.

Parecía algo mucho más peligroso.

Porque había comprendido de inmediato que aquello no había sido un accidente.

Avery esbozó una leve sonrisa mientras seguía sentada entre los pedazos rotos.

—Oh. Llegaste temprano.




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