El silencio que se instaló en el despacho resultó incómodo.
Pesado.
Aldrick permanecía de pie junto a la puerta, con la vista fija en el reloj destrozado sobre el suelo.
Avery seguía sentada entre los fragmentos de cristal como si la escena fuera perfectamente normal.
Porque, técnicamente, lo era.
Solo había roto algo.
Ya lo había hecho antes.
Muchas veces.
La diferencia era otra.
Y Aldrick la percibió de inmediato.
—¿Qué demonios hiciste? —repitió esta vez con una voz mucho más baja.
Ella bajó la mirada hacia una de las piezas metálicas que sostenía entre los dedos.
—Lo dejé caer.
Era una mentira.
Pero estaba dicha con una tranquilidad absoluta.
Y eso pareció irritarlo todavía más.
Aldrick avanzó lentamente por el despacho.
Sus pasos resonaron sobre los fragmentos rotos mientras Avery lo observaba acercarse sin hacer el menor intento por moverse.
—Ese reloj tenía más de cincuenta años.
—Entonces ya era momento de jubilarlo.
No había sarcasmo en sus palabras.
Ni una sonrisa desafiante.
Nada.
Y fue precisamente esa ausencia de emoción lo que modificó la expresión de Aldrick.
Porque estaba acostumbrado a su caos.
A los gritos.
A las burlas.
A los incendios.
Pero no a aquello.
No al silencio.
No a esa calma inquietante.
Se detuvo frente a ella.
—Avery.
Ella levantó lentamente la vista.
—¿Sí?
Él frunció apenas el ceño.
Como si intentara resolver una pieza de un rompecabezas que, por alguna razón, se negaba a encajar.
—¿Qué pasó hoy?
Por un instante, Avery estuvo a punto de sonreír.
Casi.
Porque la pregunta le resultó curiosa.
¿Qué había pasado ese día?
Nada.
Simplemente se había cansado de fingir entusiasmo a todas horas.
Apoyó una mano sobre el escritorio y se incorporó despacio.
Las heridas casi habían terminado de sanar, aunque todavía tiraban un poco cuando se movía demasiado rápido.
—¿Por qué todos reaccionan así con los objetos? —preguntó mientras contemplaba los restos del reloj—. Siguen siendo solo cosas.
Aldrick no respondió enseguida.
Continuaba observándola con aquella mirada excesivamente analítica.
Avery detestaba cuando hacía eso.
—No rompiste el reloj por accidente.
—Nunca dije que hubiera sido un accidente.
—Entonces fue intencional.
Ella se encogió apenas de hombros.
—¿Y?
Otra vez ese tono.
Tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Aldrick pasó una mano lentamente por la mandíbula, haciendo un evidente esfuerzo por conservar la paciencia.
—¿Estás enfadada por algo?
—No.
—Entonces, ¿por qué hacerlo?
Avery recorrió el despacho con la mirada.
Todo estaba perfectamente ordenado.
Perfectamente colocado.
Perfectamente controlado.
—Porque quería ver qué hacías.
Ahora fue él quien permaneció en silencio.
Y, por primera vez desde que se conocían, Avery tuvo la impresión de que Aldrick no sabía cómo reaccionar frente a ella.
Aquello resultó interesante.
Se acercó despacio al escritorio.
Mientras hablaba, tomó una pluma dorada y la acomodó con cuidado para dejarla perfectamente alineada.
—Siempre actúas como si pudieras solucionar cualquier problema. Dinero, abogados, seguridad, control…
Entonces levantó la vista.
—Pero hay cosas que no puedes arreglar, Aldrick.
Vio con claridad el instante en que algo incómodo atravesó la mirada de él.
Porque aquella frase no había sonado como una amenaza.
Había sonado como una certeza.
El silencio volvió a caer entre ambos.
Finalmente, Aldrick habló.
—Estás actuando extraño.
Ah.
Ahí estaba.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Avery.
Esta vez sí llevaba un matiz de auténtica diversión.
—¿Extraño para quién?
Él sostuvo su mirada durante unos segundos que parecieron prolongarse demasiado.
—Para ti.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Peligrosamente.
Sin embargo, Aldrick terminó soltando un suspiro.
Después se agachó para recoger uno de los fragmentos del reloj.
Claro.
Porque Aldrick Castell siempre intentaba reparar aquello que estaba roto.
Incluso cuando no debía.