La Mentira Más Hermosa

22. ¿Y ahora qué hice?

Algo no estaba bien con Aldrick Castell.

Y no de la forma habitual.

No se trataba de su versión normal de controlador insoportable o de empresario emocionalmente reprimido.

No.

Ese día estaba especialmente seco con Avery.

Cortante.

Distante.

Claramente molesto.

Lo peor era que ella no entendía el motivo.

—Buenos días para ti también, psicópata corporativo —murmuró al entrar en la cocina.

Aldrick apenas levantó la vista de la taza de café.

—Avery.

Ajá.

Definitivamente ocurría algo extraño.

Ella se dejó caer sobre una silla mientras lo observaba con evidente desconfianza.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Mentira. Tienes cara de querer despedir a alguien.

Hubo un breve silencio.

Aldrick tomó otro sorbo de café antes de responder.

—¿En serio no sabes por qué estoy molesto?

Avery frunció el ceño.

—¿Debería?

Él sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después dejó escapar una risa seca, completamente desprovista de humor.

—Increíble.

Aquello consiguió irritarla.

—Castell, si vas a hacer el papel de víctima trágica, al menos dame contexto.

Aldrick dejó la taza sobre la mesa con deliberada lentitud.

—El reloj, Avery.

Ella parpadeó.

¿El reloj?

Esperó, casi por reflejo, a que su mente conectara alguna idea.

Cualquier recuerdo.

Pero solo encontró una incómoda sensación de vacío.

Como si faltara una pieza importante en la conversación.

—¿Qué pasa con el reloj? —preguntó finalmente.

El silencio que siguió resultó extraño.

Porque algo cambió en la expresión de Aldrick.

Confusión.

Muy leve.

Pero innegable.

—Nada —respondió al cabo de unos segundos.

Avery frunció aún más el ceño.

—¿Nada? Entonces deja de mirarme como si hubiera incendiado otra parte de tu casa.

—Todavía no descarto que pueda pasar hoy.

—Qué dramático eres.

Tomó una manzana del centro de la mesa mientras él continuaba observándola con aquella mirada analítica que empezaba a sacarla de quicio.

Detestaba cuando hacía eso.

Como si intentara resolver un acertijo.

Como si estuviera tratando de entenderla.

—¿Qué? —preguntó antes de darle un mordisco a la fruta.

—Estás rara.

La risa de Avery fue inmediata.

—Que eso venga del hombre que tiene guardias privados vigilando una mansión resulta bastante ofensivo.

Aldrick no respondió de inmediato.

Y, por alguna razón, ese silencio volvió el ambiente mucho más pesado.

Más incómodo.

Fue Avery quien apartó la mirada primero.

—Bueno, si ayer terminé haciendo algo terrible y tú sigues vivo, claramente sobreviviste. Así que deja el drama.

Se levantó de la silla con la intención de abandonar la cocina antes de que él continuara analizándola de aquella forma.

Pero, justo cuando estaba por salir, volvió a escuchar su voz.

—Avery.

Ella giró apenas la cabeza.

Aldrick seguía sentado frente a la taza de café.

Serio.

—¿De verdad no lo recuerdas?

La pregunta la atravesó de una manera extraña.

Demasiado extraña.

Pero la sensación desapareció casi de inmediato.

Una sonrisa ligera ocupó su lugar.

La sonrisa fácil.

La Avery de siempre.

—Castell, apenas recuerdo qué desayuné ayer.

Y se marchó antes de darle oportunidad de formular otra pregunta incómoda.




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