La Mentira Más Hermosa

24. Mala idea

Aquí tienes el fragmento adaptado a narración en tercera persona:

Seis meses.

Seis malditos meses.

Y, contra toda lógica existente, Avery Ashbourne seguía viva.

Lo cual, por sí solo, ya era un logro estadístico impresionante.

Había vuelto a la universidad tres semanas atrás y, desde entonces, la mansión Castell había recuperado algo parecido a la paz mental.

No había incendios.

Ni música a las tres de la mañana.

Ni intentos de fuga.

Bueno… casi.

Y quizá por eso Aldrick había empezado a considerar una idea peligrosa.

Dejarla ir.

No legalmente, todavía.

Pero sí poco a poco.

Menos vigilancia.

Menos control.

Más espacio.

Porque Avery parecía estar mejor.

Seguía siendo un desastre humano, por supuesto.

Pero un desastre funcional.

—Sigues viéndote preocupado —comentó Leonard mientras revisaba los planos extendidos sobre la mesa.

Aldrick levantó apenas la vista.

Leonard Vale era una de las pocas personas que llevaban tantos años en su vida como para detectar que algo iba mal incluso antes de que él mismo estuviera dispuesto a admitirlo.

Arquitecto obsesivo.

Perfeccionista.

Y desesperantemente observador.

—No estoy preocupado.

Leonard soltó una risa breve.

—Claro. Y yo diseño chozas.

Aldrick decidió ignorarlo.

Se encontraban en una cafetería cercana al campus donde estudiaba Avery porque Leonard había insistido en mostrarle personalmente los planos de un nuevo proyecto hotelero.

La verdad era que apenas les prestaba atención.

—Sigues mirando hacia la ventana —señaló Leonard.

No recibió respuesta.

Porque tenía razón.

La mirada de Aldrick regresaba una y otra vez a la entrada principal de la universidad, justo al otro lado de la calle.

Ridículo.

Leonard siguió la dirección de sus ojos y sonrió lentamente.

—Ah.

Mala señal.

—No empieces.

—¿La rubia problemática?

—No la llames así.

Aquello solo pareció divertir más a Leonard.

—Definitivamente estás perdido.

—No lo estoy.

Leonard apoyó los brazos sobre la mesa.

—Aldrick, llevas seis meses hablando de esa chica como si fuera un huracán con antecedentes penales y, aun así, sigues cuidándola.

Él abrió la boca para responder.

Entonces la vio.

Avery salió del edificio principal entre risas.

Y no estaba sola.

Un chico caminaba junto a ella.

Alto.

Cabello oscuro.

Demasiado cerca.

Algo desagradable se tensó de inmediato en el pecho de Aldrick.

Qué irritante.

Leonard apenas necesitó un segundo para observar la escena antes de girarse hacia él.

—Oh, no.

Aldrick apretó la mandíbula.

Avery seguía avanzando junto al muchacho mientras este decía algo que volvió a hacerla reír.

Y Avery rara vez se reía de esa manera.

Relajada.

Natural.

Sin sarcasmo.

Entonces el chico le sujetó la muñeca con suavidad para llamar su atención antes de cruzar la calle.

Demasiada confianza.

—Aldrick.

—¿Qué?

—Tienes cara de querer atropellar a un universitario.

Él apartó la vista hacia su taza de café.

—No seas ridículo.

—Claro. Porque definitivamente no acabas de tensarte como un asesino serial corporativo.

Intentó ignorarlo.

O, al menos, eso pretendía.

Pero cuando volvió a mirar por la ventana encontró algo todavía peor.

Avery sonreía mientras escuchaba hablar al muchacho.

Y, por alguna razón completamente absurda…

Aquello le molestó mucho más de lo que debería.

Leonard lo estudió durante unos segundos antes de suspirar.

—No vas a dejarla ir, ¿verdad?

Aldrick soltó una risa seca.

—¿De qué demonios hablas?

—De esa mirada.

Él frunció el ceño.

—No tengo ninguna mirada.

Leonard señaló discretamente hacia la ventana.

—Tu mandíbula lleva diez minutos tensa viendo a un universitario tocarle la mano.

Aldrick apartó los ojos de inmediato.

—Estás exagerando.

—Conozco esa expresión. La ponías cada vez que alguien intentaba quitarte un proyecto importante.

—Avery no es un proyecto.

—Eso espero sinceramente.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Sin darse cuenta, Aldrick volvió a mirar hacia el exterior.

El chico seguía caminando junto a Avery.

Ella volvió a reír.

Y aquella irritación absurda regresó al instante.

Leonard dejó escapar otro suspiro.

—Hace media hora estabas diciendo que quizá había llegado el momento de dejar de vigilarla tanto.

Aldrick no respondió.

Porque era cierto.

Lo había dicho.

—¿Y ahora? —preguntó Leonard.

Él apretó ligeramente la taza entre los dedos.

Sin apartar la vista de la ventana, respondió con absoluta seriedad:

—Ahora creo que el campus universitario está claramente lleno de idiotas.

Leonard soltó una carcajada.

—Oh, estás completamente jodido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.