La Mentira Más Hermosa

25. ¿Así que si sabes reír decentemente?

Aldrick Castell llevaba todo el día insoportable.

Más de lo normal.

Seco.

Cortante.

Claramente molesto con la existencia humana en general.

Y, específicamente, con Avery.

Ella lo notó apenas entró en el comedor aquella noche.

Él ya estaba sentado revisando unos documentos con esa expresión fría de empresario multimillonario que parecía despedir gente por diversión.

—Buenas noches para ti también, psicópata corporativo —dijo mientras se dejaba caer en la silla frente a él.

Aldrick levantó lentamente la vista.

La observó durante unos segundos.

Después habló sin ningún preámbulo.

—Así que sí sabes reír decentemente.

Avery parpadeó.

…¿Qué?

Frunció el ceño de inmediato.

—Perdón, ¿qué se supone que significa eso?

Él volvió la atención a los documentos.

—Nada.

—No, no. Ahora lo explicas.

El silencio que siguió hizo que Avery lo observara con desconfianza.

Entonces las piezas comenzaron a encajar.

Y tuvo que contener una sonrisa.

Oh.

Oh.

Todo aquello era por el chico de la universidad.

—Castell… —murmuró lentamente—. ¿Estás celoso?

La mirada que él le dirigió habría intimidado a cualquier otra persona.

Qué mala suerte para Aldrick que Avery no fuera cualquier otra persona.

—No.

Mentiroso.

Ella se reclinó en la silla, divertida.

—Entonces explícame ese comentario de vieja tóxica divorciada.

Aldrick dejó finalmente los papeles sobre la mesa.

—Solo me sorprendió descubrir que eres capaz de mantener una conversación normal con alguien.

Avery soltó una carcajada.

—¡Dios mío, sí estás celoso!

—No lo estoy.

—Claro. Y yo soy emocionalmente estable.

Él suspiró lentamente.

De esa forma agotada que adoptaba cada vez que ella conseguía destruirle la paciencia.

Es decir, bastante seguido.

—Avery, normalmente te comportas como una amenaza pública.

—Qué romántico.

—No estaba siendo romántico.

—Lástima. Era tu mejor intento.

Ella vio con claridad cómo la mandíbula de Aldrick se tensaba apenas.

Aquello solo incrementó su diversión.

—¿Te molestó que me estuviera riendo con alguien más? —preguntó inclinándose ligeramente hacia delante.

—No.

—Ajá.

—Solo digo que parecías otra persona.

La frase consiguió que Avery permaneciera callada durante un instante.

Incómodo.

Muy incómodo.

Pero enseguida sonrió.

La sonrisa de siempre.

La sonrisa fácil.

—Bueno, quizá eres tú quien saca mi peor lado.

Aldrick sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después dejó escapar una risa breve.

Seca.

Sin humor.

—Eso ni siquiera me sorprendería.

Oh.

Oh, eso sí que no lo esperaba.

Avery levantó un dedo para señalarlo de inmediato.

—¡Te reíste!

Él retomó los documentos con absoluta tranquilidad.

—No lo hice.

—¡Acabas de hacerlo!

—Estás imaginando cosas.

Avery se quedó observándolo con auténtica fascinación.

Porque Aldrick Castell casi nunca se reía.

Y, sinceramente…

Aquello resultaba mucho más inquietante que verlo enfadado.




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