Victoria Beaumont apareció en la mansión Castell sin previo aviso.
Porque, al parecer, los ricos tenían la pésima costumbre de entrar en casas ajenas como si también les pertenecieran.
Avery estaba tirada boca abajo sobre el sofá del salón principal cuando escuchó el sonido de unos tacones acercándose.
Elegantes.
Caros.
Amenazantes.
Levantó apenas la cabeza.
Cabello rubio oscuro impecablemente peinado.
Vestido blanco sin una sola arruga.
Una sonrisa demasiado refinada.
Ah.
Definitivamente tenía aspecto de amante rica.
—Tú debes ser Avery —dijo Victoria con una amabilidad impecable.
«Así que esta es la amenaza psicológica.»
Avery sonrió de inmediato.
—Y tú eres Victoria Beaumont.
«Claro que tiene cara de mujer que usa perfumes de veinte mil dólares.»
Se observaron apenas un par de segundos.
Fue suficiente.
Las dos ampliaron la sonrisa al mismo tiempo.
Falsa.
Educada.
Peligrosa.
—Tenía curiosidad por conocerte —comentó Victoria mientras se acercaba.
«Quería ver qué clase de desastre trae loco a Aldrick.»
—Qué valiente de tu parte venir voluntariamente.
«Y qué desesperada.»
Victoria dejó escapar una risa elegante.
Avery decidió en ese instante que incluso aquella risa le resultaba irritante.
Sonaba demasiado cara.
—Aldrick habla mucho de ti.
Ella parpadeó despacio.
«Eso es perturbador.»
—Espero que solo diga cosas traumáticas.
«Porque claramente necesita terapia.»
Victoria tomó asiento frente a ella con absoluta tranquilidad.
Como si no acabara de invadir territorio enemigo.
—La verdad esperaba encontrar a alguien peor.
Avery sonrió con dulzura.
—Y yo esperaba a alguien más interesante.
«Qué mujer tan insoportablemente perfecta.»
«Qué chica tan insoportablemente caótica.»
El silencio se instaló entre las dos.
Seguían sonriendo.
Cualquiera que las observara desde fuera habría pensado que mantenían una conversación perfectamente cordial.
Nada más lejos de la realidad.
Victoria inclinó apenas la cabeza.
—Aldrick dijo que has mejorado bastante.
«Ah, así que sí habla de mí.»
Avery cruzó los brazos.
—Aldrick también cree que poner guardias privados es una solución emocional válida.
—Bueno… contigo probablemente sí lo sea.
«Empiezo a entender por qué quiere encerrarte.»
Avery soltó una carcajada.
—Me agradas un poco más ahora.
«Mentira.»
Victoria respondió con la misma sonrisa impecable.
—El sentimiento es mutuo.
«Definitivamente mentira.»
Ah.
Las dos estaban jugando exactamente al mismo juego.
Interesante.
Entonces se escucharon unos pasos aproximándose.
Un instante después, Aldrick entró en el salón.
Se detuvo apenas al verlas juntas.
Y, sinceramente…
Nunca antes había parecido cuestionarse tan deprisa todas las decisiones que había tomado en su vida.
—Victoria —dijo lentamente.
Ella sonrió con una inocencia absoluta.
Completamente falsa.
—Sorpresa.
«Sí, vine a investigar a tu rubia problemática.»
Después, Aldrick dirigió la mirada hacia Avery.
Ella seguía tumbada sobre el sofá, contemplando la escena como si fuera un espectáculo gratuito.
—¿Por qué tengo la sensación de que esto va a terminar mal?
Victoria y Avery respondieron exactamente al mismo tiempo.
—Qué exagerado.
Hubo un breve silencio.
Las dos se miraron apenas un segundo.
Y volvieron a sonreír.
Esta vez con una falsedad todavía más evidente.
Aldrick cerró los ojos lentamente.
—Fantástico. Ahora son dos.