La Mentira Más Hermosa

27. ¿Qué eres ahora Victoria?

Aldrick reaccionó exactamente como cualquier hombre inteligente habría reaccionado al encontrar a Victoria Beaumont y Avery Ashbourne juntas.

Las separó de inmediato.

—Victoria. Ven conmigo un segundo.

Avery se incorporó apenas sobre el sofá.

Aquello le pareció ofensivo.

Victoria, en cambio, conservó su elegancia impecable.

—Claro.

«Victoria, la civilizada, gana esta ronda.»

Avery puso los ojos en blanco.

—Diviértanse hablando de inversiones aburridas o traumas millonarios.

Antes de marcharse, Aldrick la señaló apenas con un dedo.

—Y tú no destruyas nada mientras no estoy.

—No prometo nada.

Ella los vio desaparecer escaleras arriba sin sentir realmente gran cosa.

Bueno…

Quizá un poco de curiosidad.

Pero, sinceramente, si Victoria era su amante secreta, su futura esposa rica o cualquier otra cosa, aquello no era asunto suyo.

¿Verdad?

En cuanto la puerta del despacho se cerró, Victoria dejó caer la sonrisa perfecta.

Por fin.

—¿Qué demonios está pasando contigo? —preguntó mientras cruzaba los brazos.

Aldrick se quitó el saco con lentitud.

Se veía cansado.

—No voy a tener esta conversación.

—Pues la tendremos de todos modos.

Victoria avanzó un par de pasos.

—Llevas meses distante.

El silencio fue la única respuesta.

—Victoria…

—No. Escúchame.

Ella sostuvo su mirada con una frustración apenas contenida.

—Desde que esa mocosa apareció, cambiaste.

La mandíbula de Aldrick se tensó ligeramente.

—No la llames así.

Aquello provocó una risa incrédula en Victoria.

—¿Lo ves? Exactamente eso.

Se acercó un poco más y, con un gesto tan natural como antiguo, comenzó a desabotonarle lentamente la camisa.

Era una costumbre.

Un movimiento automático.

Pero Aldrick sujetó con suavidad sus muñecas antes de que continuara.

Y dio un paso hacia atrás.

La expresión de Victoria cambió apenas.

Dolor.

Molestia.

Comprensión.

La peor combinación posible.

—Ya ni siquiera me tocas —murmuró ella.

Él soltó despacio sus manos.

—No hagas esto más difícil.

Victoria permaneció observándolo durante varios segundos.

Cuando volvió a hablar, su voz era mucho más tranquila.

Y precisamente por eso, más peligrosa.

—¿Cuál es mi lugar ahora, Aldrick?

El silencio volvió a caer entre los dos.

Porque esa era la verdadera pregunta.

No se trataba de Avery.

Ni de los celos.

Ni siquiera de la convivencia.

Se trataba de entender qué estaba ocurriendo dentro de él.

Aldrick pasó lentamente una mano por su cabello.

—Victoria…

Pero ni siquiera él parecía encontrar una respuesta.

Y aquello resultó mucho peor que cualquier verdad que hubiera podido pronunciar.




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