El silencio dentro del despacho se volvió extraño.
Pesado.
Aldrick seguía observando a Avery desde el otro lado del escritorio.
Había algo en ella que no encajaba.
Y eso empezaba a irritarlo.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó finalmente.
La rubia ladeó apenas la cabeza.
—¿Qué cosa?
—«Avery jamás haría esto».
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
Como si la pregunta le resultara divertida.
—Castell… eres inteligente. No hagas que te explique todo.
Ahí estaba otra vez.
Esa manera de hablar.
Demasiado controlada.
Demasiado precisa.
Nada que ver con la chica que normalmente convertía cualquier discusión sencilla en un incendio emocional.
Avery comenzó a rodear el escritorio con lentitud mientras observaba distraídamente el despacho.
—Siempre mantienes todo perfectamente ordenado —comentó, pasando un dedo por una de las repisas—. Debe de ser agotador necesitar tanto control.
—Y tú deberías dejar de analizar mi personalidad como si fueras psicóloga.
—No hace falta ser psicóloga para leerte.
Se detuvo frente a él.
Cerca.
Demasiado cerca.
Y, aun así, no había provocación impulsiva en sus gestos.
No era Avery buscando sacarlo de quicio.
Era algo distinto.
Más frío.
Más consciente.
—Victoria cree que estás enamorándote —dijo con absoluta tranquilidad.
Aldrick la miró fijamente.
—Victoria habla demasiado.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
—Interesante. No negaste nada.
Él apretó apenas la mandíbula.
—¿Qué quieres exactamente?
Por primera vez, Avery pareció pensarlo de verdad.
Después apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó ligeramente hacia él.
—Quería comprobar algo.
—¿Qué cosa?
Sus ojos recorrieron el rostro de Aldrick con calma.
Como si estuviera estudiando una reacción.
—Qué tan fácil sería hacer que perdieras el control.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Peligrosa.
La alarma volvió a encenderse en la mente de Aldrick.
Porque la Avery que conocía era puro caos espontáneo.
Pero aquello…
Aquello parecía calculado.
Ella levantó lentamente una mano hacia su cuello.
Y ese era el verdadero problema.
Él no la detuvo.
Las yemas de sus dedos apenas rozaron su piel mientras seguía sosteniéndole la mirada con una serenidad inquietante.
—Definitivamente más fácil de lo que esperaba —murmuró.
La respiración de Aldrick se tensó apenas.
Ella lo percibió.
Por supuesto que lo percibió.
Y sonrió con una satisfacción casi imperceptible.
Luego se alejó con absoluta calma y se dejó caer sobre el sofá del despacho, cruzando las piernas con una elegancia impropia de Avery.
—Aunque, honestamente… ya entiendo por qué Victoria está molesta.
Aldrick permaneció en silencio.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Y ella parecía disfrutar el hecho de que, por fin, él empezara a darse cuenta.