La Mentira Más Hermosa

30. No pareces peligrosa

La semana siguiente transcurrió con una normalidad inquietante.

Demasiado normal.

Aldrick seguía observando a Avery de una forma extraña de vez en cuando.

Como si aún intentara comprender lo que había ocurrido aquella noche en el despacho.

Una pésima idea.

Así que ella decidió facilitarle las cosas.

Volvió a actuar exactamente como la Avery que todos conocían.

Sarcasmo.

Caos.

Comentarios irritantes.

Lo suficiente para que él dejara de pensar demasiado.

Y, hasta cierto punto, funcionó.

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—Entonces explícame otra vez por qué acepté venir aquí.

La voz masculina resonó desde la entrada principal justo cuando Avery descendía por las escaleras.

Leonard Vale.

El reconocido arquitecto y mejor amigo de Aldrick.

Lo identificó de inmediato.

Había visto su rostro en revistas especializadas y, además, Aldrick hablaba de él con el mismo tono resignado que solía usar cuando se refería a ella.

—Porque llevas semanas diciendo que querías conocer a la «amenaza pública rubia» —respondió Aldrick mientras se quitaba el saco.

Leonard dejó escapar una risa.

—Eso sí sonó interesante.

Genial.

Otro hombre con sentido del humor.

—Tengo una reunión en veinte minutos —continuó Aldrick, consultando el reloj—. Compórtense los dos.

—Qué poca fe tienes en mí —murmuró Avery desde las escaleras.

Ambos levantaron la vista.

Leonard la observó un instante.

Luego un poco más.

Interesante.

Aldrick tomó las llaves que había dejado sobre la mesa.

—Volveré rápido.

—Claro —respondió ella con tranquilidad.

Él frunció apenas el ceño.

Como si esperara alguna respuesta más caótica.

Pero Avery no añadió nada.

Simplemente lo vio salir.

La puerta principal se cerró.

Y el silencio permaneció suspendido entre ella y Leonard durante unos segundos.

Fue él quien decidió romperlo.

—Sinceramente esperaba encontrar a alguien más aterrador.

Avery parpadeó.

—Qué ofensivo.

Leonard sonrió con discreción mientras se acercaba.

—No lo digo como algo malo. Solo… Aldrick habla de ti como si fueras un desastre natural con antecedentes criminales.

Una risa suave escapó de los labios de Avery.

—Bueno, técnicamente nuestra convivencia no ha sido precisamente pacífica.

Él arqueó una ceja.

—Eso sí puedo creerlo.

La observó unos segundos más.

Demasiados.

—Aunque eres distinta de como te imaginaba.

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Distinta en qué sentido?

Leonard tomó asiento en uno de los sillones del salón.

—Más tranquila.

Ah.

Había que tener cuidado.

Avery sonrió apenas mientras ocupaba el asiento frente a él.

—Quizá Castell exagera demasiado.

—No parece el tipo de hombre que exagera.

Aquello sí le resultó divertido.

—Claramente no lo conoces cuando está enfadado.

Leonard soltó una pequeña risa.

Y, a partir de ese momento, la conversación fluyó con sorprendente naturalidad.

Hablaron de arquitectura.

De la universidad.

De viajes.

Nada complicado.

Nada peligroso.

Y quizá por eso Leonard empezó a observarla con una confusión cada vez más evidente.

Porque seguramente esperaba incendios emocionales y discusiones constantes.

No aquello.

—Definitivamente no pareces peligrosa —comentó al cabo de un rato.

Avery lo miró durante unos segundos antes de sonreír con calma.

—Normalmente es cuando más cuidado deberías tener.

La frase hizo reír a Leonard.

Pero algo en su expresión cambió apenas.

Como si estuviera intentando decidir si hablaba en serio.

Y justo en ese instante, ambos escucharon la puerta principal abrirse.

Aldrick había regresado.




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