La Mentira Más Hermosa

32. No vuelvas a la mansión

La mañana siguiente empezó extrañamente tranquila.

Demasiado tranquila.

Aldrick ya estaba sospechando de eso.

Porque cada vez que Avery Ashbourne parecía calmada por más de doce horas seguidas, algo terminaba explotando.

Literalmente a veces.

Entró a la cocina todavía revisando mensajes en el teléfono cuando escuchó una voz suave detrás de él.

—Castell.

Levantó apenas la vista.

Avery estaba sentada sobre la encimera de la cocina balanceando lentamente los pies.

Pero otra vez había algo distinto.

Más suave.

Más tranquila.

—¿Qué? —preguntó él dejando el celular a un lado.

Ella lo observó unos segundos antes de hablar:

—¿Cuándo volverá Leonard?

Silencio.

Aldrick parpadeó lentamente.

—¿Perdón?

Avery se encogió apenas de hombros.

—Tu amigo arquitecto.

Pequeña pausa.

—Es agradable.

Algo incómodo se tensó inmediatamente en el pecho de Aldrick.

Irritante.

Muy irritante.

—¿Desde cuándo te interesa la gente agradable?

Ella sonrió apenas.

—Desde que descubrí que hablar contigo diariamente reduce mi esperanza de vida.

Aldrick ignoró el comentario.

O lo intentó.

Porque seguía atrapado en una parte mucho peor de aquella conversación:

Avery quería volver a ver a Leonard.

No le gustó eso.

Nada.

—Leonard está ocupado —respondió finalmente tomando café.

—Oh.

Eso fue todo lo que dijo.

Pero de alguna manera el pequeño tono decepcionado en su voz resultó absurdamente molesto.

Aldrick levantó lentamente la mirada hacia ella.

—¿Por qué preguntas?

Avery jugueteó distraídamente con la manga de su sudadera.

—Sólo pensé que era interesante.

—¿Leonard?

—Sí.

Pequeña sonrisa.

—Escucha sin intentar arreglar todo.

Aldrick soltó una risa seca.

—Ese es literalmente su peor defecto como ser humano.

Ella soltó una pequeña risa suave.

Y otra vez esa sensación incómoda volvió.

Porque Avery rara vez se reía así cerca de él.

Relajada.

Natural.

No le gustaba cuánto le molestaba eso.

—Bueno —murmuró ella bajando de la encimera—, avísame si vuelve.

Después simplemente salió de la cocina.

Y Aldrick se quedó inmóvil varios segundos mirando la taza de café.

Molesto sin razón lógica.

Otra vez.

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—No vuelvas a mi casa.

Leonard levantó lentamente la vista desde los planos extendidos sobre la mesa.

—¿Perdón?

Aldrick seguía serio frente a él dentro de la oficina.

—Escuchaste bien.

Leonard lo observó unos segundos.

Después empezó a reírse.

Fuerte.

—Oh, Dios mío. Sí estás celoso.

—No estoy celoso.

—Aldrick, literalmente acabas de prohibirme visitar tu mansión como si fueras un novio tóxico de telenovela.

Aldrick apretó apenas la mandíbula.

—Simplemente no quiero que Avery te arrastre a sus problemas.

Leonard arqueó una ceja lentamente.

—Curioso. Porque ayer parecía bastante normal conmigo.

Eso empeoró todo inmediatamente.

—Leonard.

—No, espera. Esto sí es interesante.

El arquitecto se recargó en la silla claramente entretenido.

—¿Qué exactamente te molestó tanto? ¿Que hablara conmigo o que conmigo sí pareciera tranquila?

Silencio.

Error.

Porque la falta de respuesta fue demasiado reveladora.

Leonard abrió los ojos apenas sorprendido.

—Oh, estás completamente perdido.

—No dramatices.

—No estoy dramatizando. Tú literalmente pareces ofendido porque Avery Ashbourne disfrutó hablar con otra persona.

Aldrick apartó la mirada irritado.

Y eso sólo hizo que Leonard volviera a reír.

—Dios… sí estás enamorado.




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