—No estoy enamorado.
Leonard seguía riéndose frente a él.
Eso empeoraba todo.
—Claro —respondió el arquitecto todavía divertido—. Y yo odio diseñar edificios.
Aldrick soltó un suspiro seco mientras se aflojaba apenas la corbata.
—Sólo estoy intentando evitar problemas.
—¿Prohibiéndome entrar a tu casa?
—Avery es complicada.
Leonard arqueó una ceja.
—Ayer parecía bastante tranquila conmigo.
Ahí estaba otra vez.
Esa frase.
Esa maldita frase.
Aldrick tomó lentamente el vaso de whisky sobre la mesa.
—Porque tú no vives con ella.
Leonard observó su expresión unos segundos más.
Después sonrió apenas.
—Eso no sonó como una queja.
Aldrick lo ignoró inmediatamente.
Porque honestamente ya estaba cansado de aquella conversación.
Y peor aún…
Cansado de que Leonard quizá tuviera razón en algunas cosas.
—No estoy enamorado de Avery Ashbourne —dijo finalmente con firmeza.
Leonard levantó ambas manos en rendición falsa.
—Claro, claro.
Pero seguía sonriendo.
Como alguien que ya había entendido algo antes que él.
Qué irritante.
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Las semanas siguientes sólo empeoraron la sensación incómoda que Aldrick llevaba tiempo intentando ignorar.
Porque Avery seguía siendo Avery.
Caótica.
Impulsiva.
Problemática.
Pero… no siempre.
A veces era distinta.
Demasiado distinta.
Había días donde hablaba sin parar, incendiaba la paciencia de todos y convertía la mansión en un desastre.
Y luego estaban los otros momentos.
Los raros.
Como aquella tarde en la biblioteca.
Aldrick había entrado esperando encontrar música alta o alguna catástrofe menor.
En cambio encontró a Avery sentada junto al ventanal leyendo uno de sus libros de economía.
Economía.
Voluntariamente.
—¿Qué haces? —preguntó él genuinamente confundido.
Ella levantó apenas la vista.
Tranquila.
—Tu autor favorito tiene teorías mediocres sobre mercados internacionales.
Silencio.
Aldrick frunció apenas el ceño.
—¿Leíste eso completo?
—Sí.
Pasó otra página con calma absoluta.
—Aunque honestamente esperaba algo más inteligente de alguien tan obsesionado con el control económico.
La observó unos segundos más.
Demasiado analítica.
Demasiado precisa.
Más fría incluso que él a veces.
Y sin embargo…
Seguía teniendo el rostro de Avery.
La voz de Avery.
Así que simplemente asumió lo obvio:
Ella estaba loca.
Y las personas rotas a veces actuaban raro.
Eso era todo.
¿Verdad?
Otra noche la encontró reorganizando estratégicamente documentos de una negociación empresarial sobre el escritorio.
—Eso está mal ordenado —comentó ella sin levantar la vista.
Aldrick se acercó lentamente.
—¿Perdón?
Avery señaló apenas los papeles.
—Estás negociando desde posición defensiva. Por eso la otra compañía sigue retrasando el acuerdo.
Él la observó unos segundos.
—¿Cómo sabes de eso?
Ella simplemente se encogió de hombros.
—Sentido común.
Después volvió a dejar los documentos exactamente donde estaban y salió del despacho como si nada.
Y Aldrick se quedó inmóvil varios segundos mirando los papeles.
Porque ella tenía razón.
Otra vez.
Pero luego al día siguiente Avery incendió accidentalmente una sartén mientras intentaba cocinar ramen a las tres de la mañana.
Así que claramente seguía siendo la misma chica desquiciada de siempre.
¿No?