La Mentira Más Hermosa

34. Demasiado ruido

El desastre empezó a las dos de la mañana.

Como la mayoría de los problemas relacionados con Avery Ashbourne.

Aldrick despertó por el sonido de la alarma de seguridad resonando por toda la mansión.

Después gritos.

Después humo.

Perfecto.

Bajó las escaleras rápidamente mientras empleados y guardias corrían de un lado a otro intentando entender qué demonios estaba pasando.

Y entonces lo vio.

La cocina.

O lo que quedaba de ella.

Una parte de las cortinas estaba incendiándose.
Había cristales rotos por el suelo.
Agua cayendo desde el sistema contra incendios activado.

Y en medio del caos…

Avery.

Inmóvil.

Empapada.

Respirando demasiado rápido.

—¡Apaguen eso ya! —ordenó Aldrick inmediatamente.

Los guardias comenzaron a controlar el incendio mientras él avanzaba directamente hacia ella.

—Avery.

No respondió.

Seguía mirando fijamente el fuego extinguiéndose.

Como si estuviera atrapada en otro lugar.

Aldrick sujetó apenas sus hombros.

—¿Estás herida?

Ella levantó lentamente la mirada hacia él.

Y algo dentro de él se tensó inmediatamente.

Porque Avery parecía… perdida.

No desafiante.
No sarcástica.
No furiosa.

Sólo completamente sobrepasada.

—Yo no… —murmuró apenas.

Su voz sonó rota.

Pequeña.

Aldrick frunció el ceño.

—¿Qué pasó?

Ella observó alrededor.

El humo.
Los empleados mirando.
El desastre.

Y de pronto dio un paso hacia atrás.

Después otro.

Como si todo aquello empezara a aplastarla lentamente.

—Avery.

—Demasiado ruido… —susurró llevándose ambas manos a la cabeza.

La alarma seguía sonando a lo lejos.

Las personas seguían moviéndose.

Demasiadas voces.

Demasiado caos.

Y algo dentro de ella finalmente se rompió.

—¡HAGAN QUE SE CALLE!

El grito atravesó toda la cocina.

Todos se quedaron inmóviles.

Avery respiraba agitadamente ahora.

Temblando.

Retrocedió más hasta chocar contra la encimera.

—No fue mi intención… yo sólo…

Pero ni siquiera parecía terminar las frases correctamente.

Aldrick avanzó inmediatamente hacia ella.

—Mírame.

Ella negó rápidamente con la cabeza.

—No puedo…

—Avery.

—¡No puedo pensar!

La voz se quebró completamente esta vez.

Y entonces ocurrió algo que Aldrick jamás había visto en ella.

Avery Ashbourne empezó a llorar.

No elegante.
No silenciosamente.

Se derrumbó.

Como si hubiera estado sosteniendo demasiadas cosas durante demasiado tiempo y finalmente ya no pudiera más.

Se cubrió el rostro intentando respirar mientras el temblor recorría todo su cuerpo.

—Hey.

Aldrick llegó hasta ella apartando suavemente sus manos.

—Respira.

Ella seguía negando.

Desesperada.

—No quería… no quería hacer esto otra vez…

Otra vez.

La frase golpeó extraño.

Pero no hubo tiempo para pensarla.

Porque Avery estaba colapsando frente a él.

Aldrick sujetó cuidadosamente su rostro obligándola apenas a mirarlo.

—Escúchame.

Ella seguía temblando.

—Ya pasó.

—No…

—Sí.

Su voz salió firme.

Controlada.

La única cosa estable en medio del desastre.

—Mírame, Avery.

Ella logró hacerlo finalmente.

Ojos rojos.
Respiración rota.
Completamente vulnerable por primera vez desde que la conocía.

Y honestamente…

Eso asustó más a Aldrick que cualquiera de sus incendios.




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