La Mentira Más Hermosa

35. Debiste dejarme ahí

Aldrick sacó a Avery de la cocina antes de que el personal siguiera mirando.

Porque conocía suficiente de ella para entender algo importante:

Avery Ashbourne preferiría morir antes que mostrarse débil frente a otras personas.

Y en ese momento estaba completamente rota.

Ella intentó apartarse apenas mientras subían las escaleras.

—Suéltame…

La voz todavía le temblaba.

Aldrick ignoró la protesta y siguió guiándola hacia la habitación.

—No quiero que me vean así…

Eso sonó peor.

Mucho peor.

Apenas cerró la puerta del cuarto, Avery se alejó inmediatamente limpiándose el rostro con enojo.

Como si estuviera furiosa consigo misma por haber llorado.

—Perfecto —murmuró respirando mal todavía—. Qué escena tan humillante.

Aldrick se acercó despacio.

—Avery—

—No.

Ella negó rápidamente mientras se pasaba ambas manos por el cabello mojado.

—No empieces a verme como si estuviera rota también.

Demasiado tarde.

Porque honestamente sí lo parecía.

Avery comenzó a caminar de un lado a otro intentando recuperar el control.

Pero seguía respirando demasiado rápido.

Demasiado agitada.

Y cada vez que intentaba hablar parecía más desesperada.

—No entiendo qué pasó… —murmuró apretándose la cabeza— yo sólo estaba cocinando y luego… no sé…

Aldrick la observó unos segundos antes de acercarse finalmente.

—Siéntate.

—No necesito—

—Avery.

La firmeza en su voz hizo que finalmente dejara de caminar.

Pero apenas se sentó al borde de la cama, el temblor volvió peor.

Se cubrió el rostro frustrada.

—Esto es ridículo…

Aldrick dudó apenas un segundo antes de hacer algo que normalmente jamás haría.

La abrazó.

Avery se tensó inmediatamente entre sus brazos.

Como si no supiera qué hacer con eso.

—Respira —murmuró él suavemente.

Ella negó contra su pecho.

—No puedo…

—Sí puedes.

Pero Avery seguía temblando.

Aferrándose apenas a la tela de su camisa como si intentara sostenerse de algo.

Y después habló con una voz rota que Aldrick jamás le había escuchado:

—No entiendo…

Él bajó apenas la mirada hacia ella.

—¿Qué cosa?

Avery cerró los ojos con fuerza.

—No sé cuándo pasó.

Silencio.

—¿Qué pasó?

Ella soltó una pequeña risa quebrada.

Triste.

—Que empecé a creerte.

La frase golpeó extraño.

Muy extraño.

Aldrick sintió cómo ella se aferraba un poco más a su camisa antes de seguir hablando.

—Todo esto… tú ayudándome… quedándote… —respiró temblorosamente— no tenía que importarme.

Pero le importaba.

Y eso parecía aterrarla más que cualquier otra cosa.

Aldrick pasó lentamente una mano por su cabello húmedo intentando calmarla.

—Avery—

—¿Por qué? —preguntó ella de pronto levantando apenas la mirada hacia él—. ¿Por qué quisiste involucrarte conmigo?

Sus ojos seguían rojos.

Completamente vulnerables.

—Soy un problema, Castell.

Él guardó silencio.

Porque honestamente ya no sabía responder esa pregunta.

Avery soltó otra pequeña risa rota.

—Debiste dejarme morir en ese accidente.

La frase atravesó el silencio brutalmente.

Y algo en el rostro de Aldrick cambió inmediatamente.

Frío.

Peligroso.

Sujetó suavemente su rostro obligándola a mirarlo.

—No vuelvas a decir eso.

Pero Avery sólo sonrió apenas.

Cansada.

Vacía.

—Habría sido más fácil para todos.




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