La Mentira Más Hermosa

36. No pareces tú

Los días posteriores al incendio fueron extrañamente tranquilos.

Demasiado.

Avery dejó de causar desastres por un tiempo.
Dormía más.
Hablaba menos.

Y aunque seguía burlándose de Aldrick constantemente, había momentos donde parecía distante.

Como si su cabeza estuviera en otro lugar.

Eso empezaba a preocuparlo más de lo que quería admitir.

Aquella noche trabajaba solo en el despacho cuando escuchó la puerta abrirse sin permiso.

Obviamente.

—Si vienes a incendiar algo otra vez, al menos avisa primero.

—Qué manera tan horrible de recibir gente.

La voz lo hizo levantar la vista inmediatamente.

Avery cerró la puerta detrás de ella con calma antes de acercarse lentamente al escritorio.

Vestía una camisa negra demasiado grande y el cabello rubio caía ligeramente húmedo sobre sus hombros.

Pero otra vez había algo raro.

No era sólo la ropa.
O el tono tranquilo.

Era la manera en que lo observaba.

Directa.

Consciente.

Aldrick dejó lentamente la pluma sobre el escritorio.

—¿Qué quieres?

Ella sonrió apenas.

—¿Siempre eres tan desconfiado?

—Contigo, sí.

Eso pareció divertirla.

Se acercó rodeando el escritorio lentamente mientras sus dedos rozaban distraídamente la madera.

—Deberías relajarte más, Aldrick.

La manera en que dijo su nombre hizo que él frunciera apenas el ceño.

Porque Avery casi nunca lo llamaba así.

Siempre era Castell.

Siempre.

—¿Qué pasa? —preguntó ella notando la expresión.

—Nada.

Mentira.

Ella se detuvo finalmente frente a él.

Demasiado cerca otra vez.

Y aun así Aldrick no se movió.

Porque algo en ella esa noche resultaba peligrosamente difícil de ignorar.

—Has estado evitándome desde el incendio —murmuró suavemente.

—No te estoy evitando.

—Claro.

Pequeña sonrisa.

—Entonces quizá sólo me estás mirando demasiado.

Silencio.

Ella levantó lentamente una mano acomodando apenas los botones de la camisa.

Un gesto suave.

Íntimo.

Que Avery jamás hacía.

Y aun así él se quedó quieto.

Observándola.

Dejándose llevar apenas por aquella cercanía extraña.

Los dedos de ella rozaron lentamente su cuello.

Después su mandíbula.

Y por un segundo Aldrick olvidó completamente que aquello era mala idea.

Hasta que pensó algo simple.

Demasiado simple.

Avery no haría esto.

La idea lo golpeó tan fuerte que inmediatamente sujetó suavemente la muñeca de la rubia alejándola apenas.

Ella lo observó en silencio.

Sin sorpresa.

Como si ya esperara esa reacción.

—¿Qué ocurre? —preguntó tranquilamente.

Aldrick sostuvo su mirada unos segundos.

Otra vez esa sensación rara.

Como si estuviera viendo a alguien conocido comportarse de una manera incorrecta.

—No pareces tú —murmuró finalmente.

El silencio posterior fue pequeño.

Pero extraño.

Después ella sonrió apenas.

Y hubo algo peligrosamente calculado en esa sonrisa.

—Tal vez nunca has sabido realmente cómo soy.

Y luego se apartó lentamente de él como si nada hubiera pasado.




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