La mansión estaba extrañamente silenciosa esa noche.
Leonard ya se había ido.
El personal había terminado sus labores.
Y por primera vez en días, Avery no estaba gritando, incendiando algo o peleando con la existencia humana.
Aldrick la encontró en la terraza exterior envuelta en una manta ligera mientras observaba las luces lejanas de la ciudad.
Tranquila otra vez.
Se estaba convirtiendo en algo peligrosamente común.
—Hace frío —comentó él acercándose.
Ella levantó apenas la mirada.
—Mm.
No parecía molesta por verlo.
Eso también era raro.
Aldrick tomó asiento frente a ella con una copa de whisky en la mano.
Por un momento ninguno habló.
Y honestamente…
No fue incómodo.
—Mis padres llamaron hoy —dijo ella finalmente.
Aldrick levantó apenas la vista.
—¿Qué querían?
Pequeña pausa.
—Dinero.
Claro.
La respuesta ni siquiera lo sorprendió.
Avery jugó distraídamente con el borde de la manta antes de seguir hablando.
—Ni siquiera preguntaron cómo estaba.
La voz salió tranquila.
Demasiado tranquila.
Eso hizo que sonara peor.
Aldrick observó su expresión unos segundos.
Ella seguía mirando hacia la ciudad.
Como si hablara de la vida de otra persona.
—¿Y qué les dijiste?
Avery soltó una pequeña risa suave.
Vacía.
—Nada realmente. Mi madre sólo quería saber si seguirían llegando las transferencias.
Aldrick apretó apenas la mandíbula.
Porque sí recordaba aquella llamada.
Recordaba perfectamente lo rápido que los Ashbourne aceptaron firmar documentos legales entregándole la custodia completa de su hija.
Sin pelear.
Sin preguntas.
Sin siquiera ir al hospital.
Como si Avery fuera un problema que finalmente alguien más había decidido recoger.
Ella inclinó apenas la cabeza todavía mirando al frente.
—Es extraño.
—¿Qué cosa?
Ahora sí lo miró.
Y hubo algo peligrosamente vulnerable en sus ojos.
—Qué tan fácil fue para ellos regalarme.
El silencio se volvió pesado inmediatamente.
Aldrick no respondió enseguida.
Porque no existía una respuesta buena para eso.
Avery sonrió apenas.
Pero triste esta vez.
—Ni siquiera intentaron fingir.
La frase golpeó más fuerte de lo que debería.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
—Pensé que al menos discutirían un poco.
Aldrick dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—Avery...
—No porque les importara —aclaró rápidamente—. Sólo… orgullo o algo así.
Pequeña risa rota.
—Pero fue demasiado fácil.
El viento movió apenas el cabello rubio sobre su rostro mientras ella hablaba con esa calma suave que Aldrick empezaba a asociar con algo peligroso.
Porque cada vez que Avery dejaba de esconderse detrás del caos…
Terminaba diciendo cosas que él no sabía cómo arreglar.
—No entiendo cómo alguien puede deshacerse de su hija así —murmuró ella.
Aldrick sostuvo su mirada varios segundos.
Después respondió con honestidad brutal:
—Porque son basura humana.
Ella soltó una pequeña risa.
Real esta vez.
—Qué elegante manera de expresarte, Castell.
—Estoy intentando ser amable.
Eso hizo que ella volviera a sonreír apenas.
Y por un momento el silencio entre ambos volvió a sentirse tranquilo.
Hasta que Avery habló otra vez.
Más bajo.
—Gracias por no devolverme.
La frase tomó a Aldrick completamente desprevenido.
Ella parecía arrepentirse inmediatamente de haberlo dicho porque apartó la mirada rápido.
Pero él ya la había escuchado.
Y honestamente…
Nunca imaginó que Avery Ashbourne pudiera sonar tan pequeña.