—No.
Aldrick ni siquiera levantó la vista de los documentos.
La respuesta fue inmediata.
Automática.
Frente a él, Avery apoyó ambos brazos sobre el escritorio del despacho observándolo con evidente molestia.
—Ni siquiera dije qué quería.
—No importa. La respuesta sigue siendo no.
Ella entrecerró los ojos.
—Qué hombre tan controlador.
—Qué mujer tan problemática.
Silencio.
Después Avery sonrió apenas.
Y Aldrick sintió inmediatamente esa pequeña alarma mental otra vez.
Porque esa sonrisa tranquila casi nunca terminaba bien.
—Llévame contigo a la empresa hoy.
Ah.
Definitivamente no.
—Ni loco.
Ella suspiró exageradamente.
—Prometo no causar daños.
—Eso no tranquiliza absolutamente a nadie.
—Castell.
La manera suave en que dijo aquello hizo que él finalmente levantara la mirada.
Error.
Porque otra vez estaba esa versión extraña de Avery.
Más calmada.
Más consciente.
Peligrosamente razonable.
—Sólo quiero salir de esta mansión unas horas.
Aldrick la observó en silencio.
Ella sostuvo perfectamente su mirada.
Sin dramatismo.
Sin berrinches.
Y honestamente eso le preocupaba más que si hubiera empezado a gritar.
—No vas a tocar nada.
—Claro.
—No vas a discutir con nadie.
Pequeña pausa.
—Haré mi mejor esfuerzo.
—Eso no fue convincente.
Ella sonrió apenas.
—Entonces deja de hacer preguntas cuya respuesta no quieres escuchar.
Aldrick cerró lentamente el archivo.
Mala idea.
Muy mala idea.
Y aun así…
—Una sola vez.
La sonrisa de Avery se amplió apenas.
Demasiado satisfecha.
—Prometo comportarme, Aldrick.
Otra vez.
Aldrick.
No Castell.
Y otra vez eso resultó extraño.
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Tres horas después, Aldrick entendió perfectamente que jamás debía escuchar a Avery Ashbourne bajo ninguna circunstancia.
Porque técnicamente sí se había comportado.
El problema era que “comportarse” aparentemente incluía destruir verbalmente a uno de sus socios legales frente a toda la sala de reuniones.
—Con todo respeto, señor Belmont —dijo Avery tranquilamente desde su asiento—, su propuesta viola tres cláusulas de protección contractual básicas.
El hombre del otro lado de la mesa soltó una risa seca.
—Y tú debes ser la mascota problemática de Castell.
Error.
Aldrick lo supo inmediatamente.
Porque la expresión de Avery no cambió.
Eso nunca era buena señal.
Ella acomodó lentamente unos documentos frente a sí.
Demasiado tranquila.
—Artículo doce —continuó suavemente—. Subapartado financiero. Usted intenta modificar porcentajes de responsabilidad empresarial ocultándolos bajo reajustes administrativos.
Silencio.
El abogado de Belmont frunció el ceño revisando rápidamente los documentos.
Avery siguió hablando con calma absoluta.
—Lo cual sería inteligente si no fuera ilegal en al menos cuatro países.
Ahora sí la sala quedó completamente callada.
Aldrick observó fijamente a Avery.
Porque no estaba improvisando.
Sabía exactamente de qué hablaba.
Belmont soltó una pequeña risa incómoda.
—Eso no tiene sentido.
Avery levantó apenas la mirada hacia él.
Y por un segundo hubo algo brutalmente frío en sus ojos.
—Claro que lo tiene. Usted asumió que nadie revisaría la redacción secundaria del contrato porque normalmente negocia con personas menos inteligentes.
La tensión explotó inmediatamente en la mesa.
El abogado rival comenzó a revisar documentos desesperadamente mientras Belmont se ponía rojo de enojo.
Y Avery simplemente se recargó tranquilamente en la silla.
Elegante.
Controlada.
Calculadora.
Como si hubiera hecho eso toda la vida.
Aldrick no dijo una sola palabra durante el resto de la reunión.
Porque honestamente…
Estaba demasiado ocupado preguntándose cómo demonios Avery Ashbourne acababa de ganar una discusión legal mejor que varios abogados profesionales.