La Mentira Más Hermosa

42. Depende del día

El silencio dentro del elevador fue incómodo.

Pesado.

Aldrick observaba a Avery desde que salieron de la sala de juntas.

Ella, en cambio, parecía completamente tranquila mientras revisaba distraídamente un bolígrafo entre los dedos.

Como si no acabara de humillar legalmente a un empresario con treinta años más de experiencia.

Las puertas del elevador se abrieron finalmente hacia el estacionamiento privado.

Y apenas estuvieron solos, Aldrick habló:

—¿Cómo hiciste eso?

Avery levantó apenas la mirada.

—¿Qué cosa?

—No juegues conmigo.

Su tono salió más seco de lo que pretendía.

Ella lo observó unos segundos antes de sonreír apenas.

—Era bastante obvio.

—No para abogados profesionales aparentemente.

Ella soltó una pequeña risa suave mientras caminaban hacia el auto.

—Tus abogados son lentos.

—Avery.

Ahora sí se detuvo.

Giró lentamente hacia él sosteniendo su mirada.

Y ahí estaba otra vez.

Esa versión extraña.

Fría.
Inteligente.
Demasiado consciente de todo.

—¿Qué quieres que te diga exactamente, Aldrick?

Otra vez su nombre.

No Castell.

Eso empezaba a incomodarlo más de la cuenta.

—Quiero saber quién eres realmente.

Silencio.

Ella lo observó varios segundos.

Después sonrió apenas.

Pero no parecía una sonrisa feliz.

Parecía… cansada.

—Depende del día.

La frase atravesó el aire con una naturalidad aterradora.

Y aunque claramente sonó como sarcasmo…

Algo dentro de Aldrick no logró tomarlo completamente como una broma.

Avery abrió la puerta del auto antes de entrar tranquilamente.

Como si no acabara de decir algo profundamente incorrecto.

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El camino de regreso estuvo extrañamente silencioso.

Aldrick conducía mientras Avery permanecía apoyada contra la ventana mirando distraídamente las calles.

Hasta que eventualmente dejó de hablar por completo.

Y se quedó dormida.

Aldrick la miró apenas de reojo en un semáforo.

Dormida parecía más joven.

Más frágil.

Nada que ver con la chica capaz de destruir empresarios en reuniones legales.

El pensamiento fue interrumpido cuando el teléfono del auto empezó a sonar conectado al bluetooth.

Una voz femenina habló en francés al otro lado.

Aldrick respondió automáticamente.

Y apenas terminó la llamada notó algo raro.

Avery había abierto apenas los ojos.

—Tu pronunciación francesa es terrible —murmuró medio dormida.

Aldrick arqueó una ceja.

—¿Hablas francés?

Ella cerró los ojos otra vez.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Pequeño silencio.

—No sé.

Eso hizo que él frunciera apenas el ceño.

—¿Qué significa “no sé”?

Avery abrió lentamente los ojos esta vez claramente confundida por la pregunta.

—Sólo… lo sé.

Aldrick la observó unos segundos más.

—También hablas italiano.

—Mm.

—Y alemán.

—Creo que sí.

La respuesta salió completamente casual.

Como si hablar múltiples idiomas fuera algo normal.

—¿Dónde los aprendiste?

Ella apoyó otra vez la cabeza contra la ventana.

Pensando.

Y después respondió algo que hizo que la sensación incómoda volviera inmediatamente al pecho de Aldrick:

—No lo recuerdo.

Silencio.

—¿Cómo que no lo recuerdas?

Avery frunció apenas el ceño.

Confundida ahora consigo misma.

—Sólo los sé, Castell.

Y ahí estaba otra vez.

Castell.

Como si la persona de hace una hora jamás hubiera existido.




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