La paz con Avery Ashbourne nunca duraba demasiado.
Aldrick ya lo había aprendido.
Por cada conversación tranquila…
Había un desastre esperando detrás.
Y el desastre llegó exactamente cuatro días después.
—Absolutamente no.
Avery levantó lentamente la vista desde el sofá.
—¿Perdón?
Aldrick dejó el documento sobre la mesa del despacho.
—No vas a ir a esa fiesta.
Silencio.
El peligroso.
Porque Avery todavía no reaccionaba.
Sólo lo observaba.
—Castell —dijo lentamente—, tengo veinte años. No doce.
—Y aun así actúas como si necesitaras supervisión permanente.
—Qué comentario tan paternal y traumático.
Aldrick ignoró eso.
—La respuesta sigue siendo no.
Error.
Grave error.
Porque Avery se puso de pie inmediatamente.
Y ahí estaba otra vez.
La tormenta andante.
—¿Y quién demonios te nombró dueño de mi existencia?
—Legalmente hablando—
—NO ME IMPORTA LEGALMENTE HABLANDO.
Perfecto.
Ya habían llegado a gritos.
Aldrick se masajeó apenas el puente de la nariz.
—La última vez que fuiste a una fiesta terminaste provocando un incendio menor.
—¡Eso fue accidental!
—¡Hubo bomberos, Avery!
—¡Pero apagaron el fuego!
—ESA NO ES LA PARTE IMPORTANTE.
Ella empezó a caminar furiosa por el despacho.
Energía caótica absoluta.
Qué rápido desaparecía aquella versión tranquila.
—¡Eres un exagerado controlador psicópata!
—Y tú eres un peligro público con problemas de autoridad.
—¡Qué sorpresa! ¡La gente rica intentando controlar mujeres otra vez!
—No conviertas esto en discurso feminista porque quieres emborracharte irresponsablemente.
—¡No quiero emborracharme irresponsablemente! ¡Quiero hacerlo responsablemente!
Aldrick cerró los ojos un segundo.
Definitivamente algún día esa chica iba a mandarlo al hospital.
—No vas a esa fiesta y se terminó.
Avery lo señaló inmediatamente.
—Te odio.
—Eso no cambia nada.
—¡Claro que no! ¡Porque eres emocionalmente represivo!
—Avery—
—¡NO! Escúchame tú ahora, Castell.
Se acercó apuntándolo acusadoramente con el dedo.
—Estoy harta de que actúes como si pudieras decidir todo sobre mi vida.
Aldrick sostuvo su mirada con calma peligrosa.
—Y yo estoy harto de recogerte después de cada desastre que provocas.
La frase golpeó fuerte.
Demasiado fuerte.
El silencio cayó apenas un segundo.
Pero Avery volvió a atacar inmediatamente porque quedarse quieta significaría sentir demasiado.
—Nadie te pidió que lo hicieras.
Ah.
Eso sí dolió.
Aldrick lo ocultó perfectamente.
O al menos lo intentó.
Porque Avery también se quedó callada apenas después de decirlo.
Como si una pequeña parte de ella supiera que aquello había sido cruel incluso para sus estándares.
Pero obviamente no retrocedería.
Jamás.
—Perfecto —murmuró tomando su teléfono del escritorio—. Entonces deja de intentar salvarme todo el tiempo.
Y salió furiosa del despacho dando un portazo tan fuerte que hizo vibrar las paredes.
Silencio.
Largo.
Pesado.
Aldrick observó la puerta varios segundos antes de soltar lentamente el aire.
Y honestamente…
Extrañamente eso se sintió mucho más familiar que las versiones tranquilas de Avery.