Avery Ashbourne jamás reaccionaba bien cuando intentaban controlarla.
Pero esta vez fue peor.
Mucho peor.
Porque no era realmente sobre la fiesta.
Era sobre lo que representaba.
Otra prohibición.
Otra puerta cerrándose.
Otra persona decidiendo por ella.
No otra vez.
Avery caminaba furiosa de un lado a otro dentro de su habitación mientras intentaba controlar la presión horrible creciendo en su pecho.
—No puede hacer eso… —murmuró apretándose los brazos.
Castell ya le había quitado demasiadas cosas.
Su libertad.
Sus decisiones.
Su vida normal.
Y aunque una parte de ella sabía que muchas veces él realmente intentaba ayudar… otra parte sólo escuchaba cadenas.
Encierro.
Control.
Otra vez alguien decidiendo qué podía hacer y qué no.
El pensamiento fue suficiente para hacerla lanzar el primer objeto que encontró contra la pared.
El florero explotó en pedazos.
Pero ni siquiera eso ayudó.
—Nadie vuelve a encerrarme… —susurró respirando agitadamente.
Porque Avery Ashbourne podía soportar muchas cosas.
Dolor.
Soledad.
Caos.
Pero no sentirse atrapada.
Nunca más.
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Mientras tanto, abajo en el despacho, Aldrick empezaba a obsesionarse con otra pregunta completamente distinta.
¿De dónde demonios sacaba dinero Avery?
La idea llevaba semanas molestándolo.
Porque algo no cuadraba.
Sus padres claramente no la mantenían.
Los Ashbourne apenas parecían recordar que tenían hija.
Y aun así Avery:
* compraba ropa costosa,
* tenía cuentas activas,
* pagaba cosas sin preguntar precios,
* y antes del accidente vivía como alguien absurdamente rica.
No tenía sentido.
Aldrick levantó finalmente la mirada hacia su asistente.
—Quiero que investigues algo.
El hombre asintió inmediatamente.
—¿La señorita Avery?
—Sí.
Pequeña pausa.
—Quiero saber de dónde obtiene dinero realmente.
El asistente frunció apenas el ceño.
—¿Cree que está haciendo algo ilegal?
Honestamente…
Aldrick ya no sabía qué creer con Avery Ashbourne.
—Sólo investígalo.
El asistente dudó apenas.
—Sus cuentas actuales están vinculadas parcialmente a fondos personales antiguos, pero…
—¿Pero qué?
—Es extraño.
Aldrick apoyó lentamente los brazos sobre el escritorio.
—Explícate.
El asistente revisó algunos documentos rápidamente.
—Hay movimientos financieros desde hace años… pero no parecen venir directamente de los Ashbourne.
—Entonces ¿de dónde?
—Varias inversiones pequeñas. Algunas increíblemente inteligentes.
Silencio.
Eso no sonaba como Avery.
—¿Qué clase de inversiones?
El asistente levantó la vista claramente confundido también.
—Tecnología. Divisas. Acciones internacionales.
Aldrick frunció lentamente el ceño.
Porque eso definitivamente NO sonaba como la chica que una vez incendió ramen instantáneo intentando cocinar.
—¿Y quién administra todo eso?
Otra pausa incómoda.
—Ella misma.
Silencio.
Largo.
El asistente terminó diciendo lo peor:
—Señor Castell… la señorita Ashbourne ha ganado millones desde los dieciséis años.
Y por primera vez en semanas…
Aldrick sintió esa sensación incómoda regresar con fuerza.
Como si todavía no conociera realmente a la persona viviendo dentro de su casa.