—Eso no es posible.
Aldrick seguía observando los documentos financieros sobre el escritorio.
El asistente asintió apenas.
—Lo revisé dos veces, señor Castell.
Aldrick pasó lentamente otra página.
Las inversiones realmente eran de Avery.
Legales.
Brillantemente administradas.
Demasiado brillantes.
Pero seguía faltando algo importante.
—Para mover cantidades así necesitaba capital inicial.
El asistente guardó silencio apenas unos segundos antes de responder:
—Lo tenía.
Aldrick levantó la vista.
—¿De dónde?
El hombre revisó otra carpeta.
—Una transferencia hereditaria privada hecha cuando la señorita Ashbourne cumplió dieciséis años.
Pequeña pausa.
—De parte de su abuela materna.
Silencio.
Aldrick se recargó lentamente en la silla.
La pieza finalmente encajó.
Claro.
Alguien debió dejarle algo antes de que el resto de su familia empezara a ignorarla como si fuera un problema vergonzoso.
—¿Está viva?
—No. Falleció hace cuatro años.
Aldrick observó unos segundos los números frente a él.
Millones cuidadosamente multiplicados con el tiempo.
Demasiado ordenado.
Demasiado inteligente.
Nada que ver con la Avery caótica que gritaba insultos y provocaba incendios accidentales.
Y aun así…
Ahí estaba su nombre en cada documento.
Avery Ashbourne.
La idea le dejó un sabor extraño en el pecho.
Porque quizá, entre toda esa familia basura…
Sólo hubo una persona que realmente la quiso.
Un golpe rápido en la puerta interrumpió el silencio.
Uno de los guardias apareció visiblemente nervioso.
Mala señal.
—¿Qué ocurrió?
El hombre dudó apenas.
—La señorita Avery ya no está en la mansión.
Silencio.
Aldrick levantó lentamente la mirada.
—¿Cómo que no está?
—No logramos verla salir.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
Aldrick ya sentía venir el dolor de cabeza.
—¿Revisaron cámaras?
—Sí, señor, pero…
Otra pausa incómoda.
—Las desactivó por siete minutos.
El asistente soltó lentamente el aire.
Porque claro que lo hizo.
Aldrick se puso de pie inmediatamente.
—¿Hace cuánto?
—Treinta minutos aproximadamente.
No era la primera vez que Avery escapaba.
Pero normalmente:
* no llegaba lejos,
* la encontraban rápido,
* o ella misma volvía después de hacer algún desastre emocional.
Esta vez era distinto.
Porque esta vez había planeado todo.
Y eso significaba algo mucho peor.
Aldrick tomó inmediatamente las llaves del escritorio.
—Activen localización del teléfono.
El guardia tragó saliva.
—Lo dejó en su habitación.
Silencio.
Pesado.
Molesto.
Porque Avery Ashbourne acababa de burlar seguridad privada, cámaras y rastreo como si hubiera estado preparándose para eso toda su vida.
Y por primera vez desde el accidente…
Aldrick tuvo una sensación realmente desagradable.
Esta vez sí había escapado.