La Mentira Más Hermosa

46. Demasiada libertad

Encontrar a Avery tomó menos de lo que Aldrick esperaba.

Lo cual sólo empeoró su enojo.

Porque eso significaba que ella ni siquiera estaba intentando esconderse bien.

Sólo estaba intentando huir de él.

—La encontramos —informó el asistente desde el teléfono.

Aldrick seguía conduciendo demasiado rápido.

—¿Dónde?

—Departamento estudiantil en el centro.

Pequeña pausa.

—Pertenece a Ian Mercer.

Silencio.

Ian.

Claro.

El universitario.

El mismo chico con el que había visto a Avery riéndose frente a la universidad.

Perfecto.

Absolutamente perfecto.

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Aldrick llegó al edificio veinte minutos después.

Furioso.

Pero todavía intentando conservar algo de control.

Subió directamente hasta el departamento indicado y tocó la puerta con fuerza seca.

Una vez.

Dos.

Pasos al otro lado.

Y finalmente Ian abrió.

El chico apenas alcanzó a reaccionar.

—Oh…

Aldrick ni siquiera respondió.

Porque detrás de él la vio.

Avery estaba sentada sobre la encimera de la cocina pequeña, completamente tranquila, usando una sudadera enorme que claramente no era suya.

Definitivamente no era suya.

Demasiado grande.
Demasiado masculina.

Ian siguió hablando nerviosamente:

—Mira, creo que deberíamos...

—¿Qué demonios estás haciendo aquí?

La voz de Aldrick salió mucho más fría de lo normal.

Avery levantó apenas la mirada hacia él.

Y todavía tuvo el descaro de suspirar.

—Wow. Qué rápido.

Eso ya era malo.

Pero entonces notó la sudadera otra vez.

Y algo dentro de él terminó de romperse.

—¿Estás usando ropa de él?

Silencio.

Ian dio un pequeño paso atrás.

Inteligente.

Avery frunció apenas el ceño mirando la sudadera como si recién recordara que la llevaba puesta.

—La mía se mojó.

Grave error.

Porque eso sólo empeoró todo.

—¿Tu ropa se mojó? —repitió Aldrick peligrosamente calmado—. ¿Y tu solución fue instalarte aquí como si esto fuera normal?

—No me “instalé”.

—Desapareciste durante horas, desactivaste cámaras, burlaste seguridad privada y terminaste en casa de un hombre que apenas conoces.

Ian levantó lentamente una mano.

—Ok, honestamente eso sonó peor de lo que...

—No hables.

La frase fue tan cortante que Ian cerró la boca inmediatamente.

Avery bajó lentamente de la encimera.

—No soy una niña.

—No, Avery. Las niñas al menos entienden cuando están haciendo estupideces peligrosas.

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Peligrosas? Estoy tomando café, no traficando armas.

—¡DESAPARECISTE!

El departamento quedó en silencio.

Incluso Avery pareció sorprendida un segundo.

Porque Aldrick casi nunca levantaba la voz así.

—¿Tienes idea de lo que provocaste? —continuó él acercándose—. ¿Sabes cuántas personas te estuvieron buscando?

—No pedí que me buscaran.

—¡Porque claro! ¡La señorita Avery Ashbourne puede simplemente escapar cuando se enoja y todos debemos aceptarlo!

Ella también perdió la paciencia inmediatamente.

—¡Porque estoy harta de vivir encerrada contigo!

—¡Y yo estoy harto de recogerte cada vez que destruyes algo!

Silencio.

Pesado.

Ian observaba aquello como alguien que claramente ya quería desaparecer del planeta.

Avery cruzó los brazos.

Todavía desafiante.

Todavía Avery.

—Pues felicidades. Esta vez no destruí nada.

Aldrick soltó una risa seca sin humor.

—No, sólo huiste con un universitario al azar.

—Ian no es “al azar”.

Eso sí le molestó.

Mucho más de lo que debería.

Aldrick dio otro paso hacia ella.

—Nos vamos. Ahora.

—No.

Error.

Él sujetó inmediatamente su muñeca.

Firme.

Esta vez sin paciencia.

—¡Castell!, !suéltame!

—Te di demasiada libertad y mira lo que hiciste con ella.

Los ojos de Avery se endurecieron inmediatamente.

—No vuelvas a hablarme como si fueras mi dueño.

—Entonces deja de actuar como alguien incapaz de cuidar de sí misma.

Ella intentó soltarse.

—¡SUÉLTAME!

Pero Aldrick ya había cruzado ese punto donde el enojo deja de escuchar razones.

La jaló hacia la puerta ignorando completamente las protestas.

Ian finalmente reaccionó:

—Oye, creo que deberían calm...

La mirada que Aldrick le lanzó fue suficiente para congelarlo.

—Ni se te ocurra involucrarte.

Avery seguía forcejeando mientras la llevaba fuera del departamento.

—¡CASTELL, TE ODIO!

—Perfecto.

—¡ESTÁS LOCO!

—Y tú acabas de agotar mi paciencia.

El elevador se abrió frente a ellos.

Y apenas las puertas se cerraron, Avery dejó de forcejear lentamente.

No porque estuviera tranquila.

Sino porque finalmente entendió algo.

Aldrick Castell realmente estaba furioso esta vez.

Y honestamente… eso daba mucho más miedo que sus gritos.




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