La Mentira Más Hermosa

47. No vuelvas a hacerlo

El camino de regreso fue un infierno silencioso.

Avery no habló.
Aldrick tampoco.

Pero la tensión dentro del auto era tan pesada que parecía imposible respirar correctamente.

Avery seguía molesta.

Furiosa incluso.

Pero poco a poco empezó a notar algo peor:

Aldrick no se estaba calmando.

Ni un poco.

Y eso era raro.

Porque normalmente, después de explotar, volvía a ese control frío insoportable suyo.

Esta vez no.

Esta vez seguía furioso.

De verdad.

Apenas llegaron a la mansión, Avery abrió la puerta del auto intentando salir rápido.

Mala idea.

Aldrick la sujetó inmediatamente del brazo.

—Adentro.

—Sé caminar sola.

—Hoy no confío en ninguna decisión que tomes.

La frase salió tan fría que incluso ella guardó silencio un segundo.

Entraron así a la mansión.

Los empleados apenas levantaron la vista antes de apartarla inmediatamente.

Nadie quería quedar cerca de aquello.

Aldrick siguió llevándola hasta las escaleras mientras Avery intentaba soltarse.

—¡Ya basta!

Nada.

Subieron directo a la habitación.

Y apenas la puerta se cerró…

Explotó.

—¿EN QUÉ DEMONIOS ESTABAS PENSANDO?

Avery retrocedió apenas sorprendida por el grito.

—¡No hice nada!

—¡DESAPARECISTE SIN DEJAR RASTRO!

—¡Porque tú no me dejabas respirar!

—¡Y TU SOLUCIÓN FUE IRTE CON OTRO HOMBRE!

—¡NO ME ACOSTÉ CON ÉL!

Silencio.

La frase salió sola.

Y apenas ocurrió, Avery quiso arrancarse la lengua.

Porque Aldrick la observó inmediatamente.

Peligrosamente quieto.

—¿Eso se supone que debe tranquilizarme?

—¡No tienes derecho a reclamarme nada!

—¿Ah, no?

Dio un paso hacia ella.

—Porque llevo meses recogiendo cada desastre que provocas.

Otro paso.

—Protegiéndote.

Otro más.

—Intentando evitar que te destruyas.

Avery sintió la espalda chocar contra la pared.

Pero aun así sostuvo su mirada desafiante.

—No te lo pedí.

La mandíbula de Aldrick se tensó brutalmente.

Y entonces su mirada bajó otra vez hacia la sudadera enorme que Avery seguía usando.

La de Ian.

Error.

Porque algo en él terminó de romperse.

Aldrick la sujetó bruscamente del cuello de la sudadera tirando de ella hacia arriba.

—Quítate esto.

Avery abrió los ojos apenas sorprendida.

—¿Qué demonios—?

Él mismo terminó arrancándole la sudadera por la cabeza antes de lanzarla violentamente al otro lado de la habitación.

Silencio.

Pesado.

Avery quedó respirando agitada usando sólo la camiseta ajustada que llevaba debajo mientras lo observaba incrédula.

—¿Estás enfermo?

—No vuelvas a ponerte ropa de otro hombre.

La voz de Aldrick salió baja.

Peligrosa.

Mucho peor que cuando gritaba.

Avery soltó una risa incrédula.

—¿Perdón? ¿Ahora también decides qué puedo usar?

Él se acercó otra vez.

Demasiado cerca.

—Te advertí que no escaparas.

—No soy tu propiedad.

—Entonces deja de actuar como alguien que necesita que la vigilen constantemente.

Ella lo empujó inmediatamente.

—¡Te odio!

Aldrick ni siquiera retrocedió realmente.

Sólo la observó con esa expresión oscura que empezaba a asustarla un poco.

—Vuelve a desaparecer así otra vez, Avery…

Pequeña pausa.

Y entonces llegó la amenaza.

Fría.
Controlada.
Real.

—…y juro que no volverás a salir sola de esta casa. Nunca.




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