La tensión seguía viva a la mañana siguiente.
Podía sentirse en toda la mansión.
Los empleados hablaban bajo.
Nadie molestaba a Aldrick.
Y claramente todos sabían que algo había ocurrido la noche anterior.
Aldrick ya estaba sentado en el comedor revisando documentos cuando escuchó pasos acercándose.
Esperaba pelea.
Gritos.
Sarcasmo.
Otra explosión emocional de Avery.
Pero cuando levantó la vista…
Algo se sintió extraño inmediatamente.
Avery entró al comedor con una calma casi elegante.
Cabello perfectamente acomodado.
Ropa impecable.
Mirada tranquila.
Demasiado tranquila.
Tomó asiento frente a él como si la discusión de anoche jamás hubiera ocurrido.
Una empleada sirvió café.
—Buenos días, Aldrick.
Otra vez.
Aldrick.
No Castell.
Él dejó lentamente el documento sobre la mesa.
—¿Ahora sí recuerdas mi nombre?
Ella sonrió apenas mientras tomaba la taza de café.
—Siempre lo recuerdo.
La respuesta salió suave.
Controlada.
Y eso le desagradó instantáneamente.
Porque Avery normalmente reaccionaba desde las emociones.
Esta versión no.
Esta versión parecía pensar cada palabra antes de decirla.
—¿No vas a discutir conmigo hoy?
Ella inclinó apenas la cabeza.
—¿Serviría de algo?
Silencio.
Aldrick la observó varios segundos.
Había algo peligrosamente distinto en ella esta mañana.
No era calma.
Era control.
Uno demasiado frío para parecer natural.
—Anoche huiste de la mansión.
—Sí.
—Desactivaste cámaras.
—También.
—Y terminaste viviendo con un universitario.
Pequeña sonrisa.
—“Viviendo” suena dramático.
La tranquilidad con la que respondía empezaba a irritarlo.
—¿Nada de esto te parece grave?
Ella sostuvo su mirada sin problemas.
—Creo que lo que realmente te molestó no fue que escapara.
Aldrick entrecerró apenas los ojos.
—¿Ah, no?
Ella tomó un pequeño sorbo de café antes de responder:
—Fue verme usando ropa de otro hombre.
Silencio.
Directo.
Preciso.
Demasiado preciso.
Aldrick apoyó lentamente una mano sobre la mesa.
—Cuidado, Avery.
La sonrisa de ella apenas se amplió.
—¿Ves? Ahí está otra vez.
—¿Qué cosa?
—Esa necesidad absurda de controlarlo todo.
Él soltó una pequeña risa seca.
—Y tú tienes una necesidad absurda de destruir límites.
—No. Sólo odio las jaulas.
La frase salió tranquila.
Pero hubo algo raro en ella.
Algo mucho más oscuro que simple rebeldía.
Aldrick la observó fijamente.
—A veces no entiendo qué demonios pasa contigo.
Ella sostuvo su mirada unos segundos más.
Y entonces respondió algo que volvió a dejarle esa sensación incómoda bajo la piel:
—Tal vez estás intentando entenderme como si fuera una sola persona.
Silencio.
La frase fue extraña.
Muy extraña.
Pero antes de que él pudiera analizarla demasiado, ella sonrió otra vez.
Ligera.
Perfectamente compuesta.
Como si jamás hubiera dicho nada raro.
—Aunque honestamente —continuó suavemente— creo que anoche sí exageraste un poco.
Aldrick recordó inmediatamente haberle arrancado la sudadera de Ian.
La amenaza.
La manera en que prácticamente la arrastró fuera de ese departamento.
Y algo en su mandíbula se tensó apenas.
Ella lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—No me gustó verte así de furioso —dijo tranquilamente.
—A mí no me gustó encontrarte usando ropa de otro hombre.
Astrid lo observó unos segundos.
Y entonces sonrió de una manera lenta.
Calculadora.
Peligrosa.
—Interesante. Entonces sí estabas celoso.
Silencio.
Aldrick soltó una pequeña risa incrédula.
—No confundas enojo con celos.
—¿Mm? —ella apoyó suavemente el mentón sobre su mano—. Arrancarle la ropa a alguien suele verse bastante posesivo desde afuera.
—No empieces.
—¿Por qué? Me parece fascinante.
La manera en que lo decía era insoportablemente tranquila.
Como si estuviera estudiándolo.
Analizándolo.
Y Aldrick empezaba a odiar esa sensación.
—Ayer parecías listo para matar a Ian sólo porque me prestó una sudadera.
—Porque desapareciste sin avisar.
—No fue eso lo que te hizo perder el control.
Sus ojos sostuvieron los de él sin temblar siquiera.
Fríos.
Demasiado inteligentes.
Y por primera vez Aldrick sintió algo extraño.
Como si la persona frente a él estuviera viendo cosas que él mismo todavía no quería aceptar.
Ella sonrió apenas inclinándose un poco hacia adelante.
—Te gusto demasiado para alguien que insiste en tratarme como un problema.
La frase cayó pesada entre ambos.
Aldrick sostuvo su mirada.
Y por un segundo ninguno apartó los ojos.
Hasta que él habló finalmente:
—Tú eres un problema.
Eso hizo que la sonrisa de ella creciera apenas.
—Pero no respondiste la otra parte.
Maldita sea.
Aldrick apartó finalmente la mirada tomando la taza de café.
Necesitaba recuperar el control de la conversación.
Urgente.
Porque Avery normalmente lo desquiciaba emocionalmente.
Pero esta versión… esta versión lo desarmaba de maneras mucho más peligrosas.
—¿Sabes qué es lo más curioso? —continuó ella suavemente—. Que anoche parecías más asustado que furioso.
Él volvió a mirarla inmediatamente.
—¿Asustado?
—Cuando llegaste al departamento.
Pequeña pausa.
—Parecía que pensabas que ibas a encontrarme muerta.
Silencio.
Aldrick no respondió.
Y eso fue suficiente respuesta.
Avery lo observó unos segundos más.
Después soltó una pequeña risa suave mientras se levantaba de la mesa.