Las siguientes semanas fueron… extrañamente estables.
Lo más estable que podía llegar a ser la vida con Avery Ashbourne.
No hubo incendios.
Ni desapariciones.
Ni amenazas de destruir propiedad privada.
Sólo pequeños desastres normales.
Y honestamente, eso ya contaba como progreso.
Aquella tarde, Avery estaba sentada sobre la alfombra del despacho hojeando distraídamente una revista mientras Aldrick trabajaba cerca.
La lluvia golpeaba suavemente los ventanales.
Por primera vez en mucho tiempo…
La casa se sentía tranquila.
—¿Sabes? —comentó Aldrick sin levantar la vista de la laptop—. Has sido más útil que varios de mis empleados últimamente.
Silencio.
Avery levantó lentamente la mirada.
—¿Perdón?
—Lo que escuchaste.
Ella soltó una pequeña risa incrédula.
—Castell, la semana pasada casi exploto una cafetera.
—Técnicamente fue culpa de la instalación eléctrica.
—Gracias por apoyar mis crímenes domésticos.
Aldrick negó apenas con la cabeza divertido.
Y entonces agregó algo que hizo que Avery frunciera lentamente el ceño:
—Aun así tus aportes en las reuniones han evitado varios errores costosos.
Pequeña pausa.
—¿Qué reuniones?
Ahora sí Aldrick levantó la vista.
—¿Cómo que qué reuniones?
—Las reuniones que acabas de mencionar.
Silencio.
Él la observó unos segundos.
—Avery, llevas semanas apareciendo en la empresa.
Ella dejó lentamente la revista a un lado.
Confundida de verdad.
—No.
—Sí.
—No.
—Literalmente corregiste a un inversionista japonés hace tres días.
La expresión de Avery cambió apenas.
Porque claramente no estaba actuando.
—Yo no hablo japonés.
Aldrick soltó una pequeña risa seca.
—Claro que lo hablas.
—No.
Ahora parecía incómoda.
Demasiado incómoda.
—Castell, hablo inglés, alemán, italiano, francés y apenas recuerdo algo de español.
Eso hizo que la diversión desapareciera lentamente del rostro de Aldrick.
Porque ella realmente parecía creerlo.
—Avery.
—¿Qué?
—La semana pasada discutiste estrategias financieras conmigo durante cuarenta minutos.
Ella parpadeó lentamente.
—Yo odio las finanzas.
Silencio.
Incómodo.
Aldrick cerró lentamente la laptop.
Porque otra vez aparecía esa sensación rara.
La misma de siempre.
Como si estuviera intentando atrapar algo que se movía justo fuera de su alcance.
—También corregiste contratos legales.
—Esa definitivamente no fui yo.
La respuesta salió demasiado rápida.
Demasiado segura.
Avery comenzó a fruncir más el ceño mientras intentaba pensar.
—Espera… ¿cuándo pasó eso?
—¿No lo recuerdas?
Ella guardó silencio.
Y por primera vez en semanas…
Parecía genuinamente perturbada.
—Yo… no sé.
Aldrick la observó atentamente.
Porque aquello ya no parecía simple comportamiento extraño.
Había huecos.
Vacíos reales.
Avery se levantó lentamente de la alfombra.
—¿Estás jugando conmigo?
—No.
—Porque no es gracioso.
Él sostuvo su mirada.
—No estoy bromeando.
Silencio.
Ella desvió apenas la mirada.
Y algo en su expresión se volvió distante.
Inquieta.
—A veces… —murmuró lentamente— siento que pierdo tiempo.
La frase hizo que Aldrick sintiera algo frío bajar por la espalda.
Avery se abrazó a sí misma distraídamente.
—Como si un día durara menos de lo que debería.
Ahora sí el despacho quedó completamente en silencio.
Porque esa vez…
Ella no sonó sarcástica.