Aldrick empezó a observarla.
De verdad observarla.
No como antes, cuando sólo vigilaba que Avery no incendiara algo o escapara de la mansión.
Ahora era distinto.
Porque después de aquella conversación en el despacho…
Ya no podía ignorarlo.
Había cosas que no encajaban.
Demasiadas.
Y mientras más atención prestaba, peor se volvía.
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Un día Avery desayunaba cereal azucarado mientras se quejaba dramáticamente porque “la leche tenía vibras depresivas”.
Ese mismo día, horas después, la encontraba en el despacho revisando reportes financieros con una concentración fría y aterradoramente precisa.
A veces hablaba demasiado.
A veces apenas hablaba.
Algunas noches se acurrucaba dormida en el sofá viendo películas absurdas.
Y otras…
Otras lo miraba con esa calma incómoda que parecía analizar cada pensamiento suyo antes incluso de que hablara.
Como si fueran personas completamente distintas.
La idea apareció tantas veces que empezó a odiarla.
Porque era imposible.
Ridícula.
Y aun así…
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—Ok, oficialmente tu rubia me da miedo.
Leonard soltó el comentario mientras observaba a Avery desde el otro lado del jardín.
Ella estaba discutiendo con uno de los guardias porque quería alimentar a un gato callejero que había aparecido cerca de la reja.
—No es “mi rubia”.
—Ajá.
Leonard siguió mirando la escena.
—Hace dos días esa chica me explicó mercados asiáticos mejor que un economista.
Aldrick tomó un sorbo de café.
—Ya lo sé.
—Y ayer me preguntó si las alpacas eran reales o una conspiración colectiva.
Silencio.
Leonard giró lentamente hacia él.
—Aldrick… aterriza un poquito.
Él frunció apenas el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que hay algo rarísimo con Avery.
La frase cayó demasiado directo.
Porque era exactamente lo que él llevaba semanas evitando pensar claramente.
Leonard volvió a mirar hacia el jardín.
—No hablo de “está loca”. Eso ya lo sabemos.
—Gracias por tu delicadeza.
—Hablo de que cambia demasiado.
Aldrick no respondió.
Leonard soltó una pequeña risa seca.
—A veces siento que estoy hablando con personas diferentes.
El silencio posterior fue demasiado largo.
Y eso hizo que Leonard lentamente lo mirara otra vez.
—No me digas que tú también lo has pensado.
Aldrick apoyó lentamente la taza sobre la mesa.
—Sería absurdo.
—Pero lo pensaste.
Otra vez silencio.
Y eso fue suficiente respuesta.
Leonard soltó el aire lentamente mientras se recargaba en la silla.
—Bueno. Eso definitivamente no suena psicológicamente saludable.
Aldrick volvió la vista hacia Avery.
Ella seguía peleando con el guardia.
—El gato claramente me eligió.
—Señorita Avery, el gato la mordió hace cinco minutos.
—Eso fue conexión emocional agresiva.
Leonard soltó una risa.
Pero Aldrick no.
Porque incluso ahora…
Incluso viendo a esa Avery caótica y exagerada…
No podía dejar de pensar en la otra.
La tranquila.
La calculadora.
La que hablaba varios idiomas y destruía empresarios en reuniones.
Y por primera vez…
La idea dejó de parecer completamente imposible.
¿Qué pasaba si realmente había algo mal con Avery Ashbourne?