El gato terminó viviendo en la mansión.
Porque Avery ganó la discusión.
Obviamente.
Y honestamente, Aldrick ya estaba demasiado cansado mentalmente para seguir peleando por un animal callejero agresivo que ahora dormía sobre muebles carísimos.
Todo iba relativamente tranquilo, hasta que dejó de estarlo.
Como siempre.
—¿QUIÉN TOCÓ MIS COSAS?
El grito atravesó toda la mansión.
Aldrick cerró lentamente los ojos desde el despacho.
Ah.
Volvimos a esta Avery.
Perfecto.
Pasos rápidos resonaron por el pasillo antes de que Avery apareciera furiosa en la puerta.
Cabello desordenado.
Sudadera mal puesta.
Energía de destrucción masiva activada.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó él ya agotado.
—¡Alguien movió mis cajones!
—Avery.
—¡Y MI HABITACIÓN HUELE DIFERENTE!
Silencio.
Aldrick la observó varios segundos.
Porque aquello ya no sonaba sólo como dramatismo suyo.
Sonaba… genuinamente alterada.
—Nadie tocó tu habitación.
—¡Sí lo hicieron!
Ella entró al despacho furiosa comenzando a mover cosas sobre el escritorio de Aldrick.
—¡Mis libretas estaban acomodadas diferente!
—Deja eso.
—¡Y faltan hojas!
—Avery.
—¡Y alguien usó mi computadora!
La frase hizo que Aldrick frunciera apenas el ceño.
—¿Qué?
Ella lo señaló inmediatamente.
—¡Tú!
—No he entrado a tu habitación desde hace días.
—Entonces alguien más lo hizo.
Aldrick se puso de pie lentamente.
—¿Qué exactamente falta?
Pero Avery ya estaba caminando de un lado a otro respirando rápido.
Demasiado rápido.
—No sé.
—¿Entonces cómo sabes que falta algo?
—¡Porque lo siento!
Silencio.
Y otra vez…
Otra vez esa sensación incómoda.
Porque Avery parecía realmente desesperada.
Como alguien intentando recordar algo justo fuera de su alcance.
Ella pasó ambas manos por su cabello frustrada.
—Algo está mal.
La frase salió baja.
Mucho más vulnerable de lo normal.
Aldrick se acercó finalmente.
—Avery.
Ella levantó la mirada hacia él.
Y había enojo, sí.
Pero debajo de eso…
Había miedo.
Real.
—A veces siento que las cosas se mueven solas —murmuró.
Silencio.
—¿Qué?
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
Inestable.
—Suena loco, ¿verdad?
Aldrick no respondió inmediatamente.
Porque honestamente… ya no sabía qué sonaba loco y qué no con Avery Ashbourne.
Ella retrocedió apenas abrazándose a sí misma.
—Olvídalo.
Volvió a ponerse agresiva demasiado rápido.
Como si quisiera cubrir lo que acababa de decir.
—Seguramente alguno de tus empleados anda espiándome porque eres un enfermo controlador.
Ahí estaba otra vez.
La Avery explosiva.
La caótica.
La que gritaba para no pensar demasiado.
Pero esta vez Aldrick no reaccionó igual.
Porque ya no podía ignorarlo.
Las contradicciones.
Los huecos.
Los cambios.
Todo.
La observó en silencio unos segundos antes de hablar finalmente:
—Ya no sé cuál eres cuando entras por esa puerta.
La frase hizo que Avery se quedara quieta.
Completamente quieta.
Y por un segundo…
Algo extraño cruzó su expresión.
Algo casi aterrado.
Pero desapareció tan rápido que Aldrick no alcanzó a entenderlo realmente.
Ella soltó una risa forzada.
—Qué dramático eres, Castell.
Y salió del despacho dando un portazo.
Otra vez.
Pero esta vez Aldrick no se movió.
Porque por primera vez… la idea dejó de parecer imposible.