El despacho seguía en silencio. Pesado.
Aldrick todavía intentaba procesar todo mientras Astrid lo observaba apoyada contra el escritorio.
Demasiado tranquila para alguien que acababa de destruirle la realidad, pero entonces ella volvió a acercarse lentamente, como si la conversación de los últimos minutos no hubiera cambiado nada, como si todavía quisiera continuar exactamente donde lo habían dejado.
Aldrick frunció apenas el ceño cuando Astrid deslizó los dedos por su corbata otra vez.
—¿Qué haces?
Ella levantó la mirada hacia él.
—¿Qué parece?
—Astrid.
La voz de él salió más tensa de lo que quería, pero ella sólo sonrió apenas.
—No tienes que mirarme así.
Sus dedos recorrieron lentamente el cuello de su camisa, provocándolo otra vez.
—No debería importarte quién está aquí ahora mismo.
Aldrick la sujetó suavemente de la muñeca antes de que siguiera.
—Claro que importa.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—¿Por qué?
Silencio, honestamente no sabía responder eso todavía.
Astrid lo observó atentamente, como si pudiera notar exactamente el momento en que comenzaba a perder el control emocional.
—Seguimos siendo la misma persona —murmuró ella—. El mismo cuerpo. La misma vida.
—No se siente así.
La respuesta salió inmediata y eso hizo que la sonrisa de Astrid disminuyera apenas.
—Interesante.
Aldrick soltó lentamente su muñeca alejándose un paso. Necesitaba espacio para pensar, porque todo se había vuelto demasiado confuso demasiado rápido.
Astrid en cambio parecía completamente cómoda en medio del caos.
—¿Te asusto? —preguntó suavemente.
Él sostuvo su mirada.
—Todavía no decido eso.
Ella soltó una pequeña risa baja.
—Mentir habría sido una mejor respuesta.
—No bromees.
Astrid volvió a acercarse apenas, esta vez sin tocarlo, sólo quedándose frente a él con esa calma inquietante.
—Avery jamás habría llegado tan lejos contigo —dijo tranquilamente.
La frase tensó inmediatamente el ambiente otra vez, porque ambos sabían que era verdad.
Astrid sostuvo su mirada unos segundos más antes de continuar:
—Ella todavía te teme un poco.
Eso hizo que algo incómodo se moviera dentro de Aldrick.
—¿Y tú no?
La sonrisa regresó. Lenta. Elegante.
—No, Aldrick.
Pequeña pausa.
—Yo soy la que normalmente da miedo.