La Mentira Más Hermosa

58. Ellas

Aldrick se apartó finalmente. Necesitaba aire. Distancia. El despacho empezaba a sentirse demasiado pequeño para todo lo que acababa de descubrir.

Astrid lo observó caminar hasta el ventanal sin perder esa calma irritante.

—¿Vas a huir? —preguntó suavemente.

Él soltó una pequeña risa seca.

—Créeme, estoy intentando no hacerlo.

Aldrick pasó una mano por su cabello intentando ordenar ideas, pero era imposible. Todo se mezclaba:

* Avery llorando en sus brazos,
* Avie temblando al hablarle,
* Astrid provocándolo como si pudiera leerlo perfectamente.

Tres versiones.
Tres comportamientos.
Tres personas viviendo dentro de la misma chica.

—Explícamelo —dijo finalmente sin girarse todavía hacia ella.

Astrid no respondió de inmediato.

—No sé si pueda.

Eso hizo que él finalmente volteara.

—Inténtalo.

Ella sostuvo su mirada unos segundos antes de suspirar apenas y por primera vez desde que reveló su nombre… pareció cansada de verdad.

—No aparecimos de la nada, Aldrick.

Su voz perdió un poco de aquella elegancia burlona.

—A veces la mente hace cosas extrañas para sobrevivir.

Silencio.

Aldrick recordó inmediatamente a los padres de Avery.

La indiferencia.
El abandono.
La manera en que hablaban de ella como si fuera un problema incómodo.

Astrid lo notó entendiendo cosas.

—Exacto.

Ella se recargó otra vez contra el escritorio.

—Avery soportó demasiadas cosas completamente sola.

—¿Y tú apareciste para protegerla?

Pequeña sonrisa.

—Yo aparecí porque alguien tenía que pensar con claridad cuando ella dejaba de poder hacerlo.

La respuesta dejó algo pesado en el ambiente.

—¿Y Avie?

Astrid bajó apenas la mirada.

—Avie es… lo que quedó de la parte de ella que todavía quería sentirse querida.

Eso golpeó más fuerte de lo que Aldrick esperaba, porque ahora todo tenía sentido, la necesidad desesperada de Avery de llamar la atención, la agresividad, el miedo al abandono escondido detrás del caos.

Astrid volvió a levantar la mirada.

—Avery no entiende realmente qué pasa con ella. Sólo siente que pierde tiempo. Que a veces deja de ser ella misma.

Aldrick recordó cada momento donde Avery parecía confundida por cosas que “ella” había hecho.

Las reuniones.
Los idiomas.
Las notas.

Todo era real.

—¿Y tú sí recuerdas todo?

—Sí.

—¿Siempre?

Astrid asintió lentamente.

—Yo siempre estoy consciente.

Eso le provocó otro escalofrío incómodo, porque significaba que Astrid había estado observándolo todo este tiempo.

Cada discusión.
Cada pelea.
Cada momento.

Ella notó inmediatamente hacia dónde fueron sus pensamientos.

—No deberías mirarme así.

—¿Cómo?

—Como si acabara de convertirme en alguien peligroso.

Astrid sonrió apenas, pero esta vez sin arrogancia.

—Ya era peligrosa desde antes de que supieras mi nombre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.