El despacho volvió a quedar en silencio.
Astrid seguía observándolo desde el escritorio mientras Aldrick intentaba procesar demasiado al mismo tiempo.
Era absurdo, completamente absurdo y aun así cada pieza encajaba perfectamente, eso era lo peor, porque ya no podía convencerse de que estaba imaginándolo.
—Di algo —murmuró Astrid finalmente.
Aldrick soltó una pequeña risa sin humor.
—No sé qué se supone que diga después de descubrir que llevo meses viviendo con tres versiones distintas de la misma persona.
Ella sostuvo su mirada.
—Seguimos siendo Avery.
—No.
La respuesta salió inmediata. Más dura de lo que pretendía.
Astrid se quedó quieta apenas un segundo.
—No es tan simple.
—Claro que no es simple.
Aldrick comenzó a caminar otra vez por el despacho. Inquieto. Frustrado.
—Nada contigo es simple.
Ella guardó silencio y eso sólo empeoró la presión creciendo dentro de él.
—¿Desde cuándo pensabas decírmelo?
—No pensaba hacerlo.
Él levantó inmediatamente la mirada hacia ella.
—¿Qué?
—Tú lo descubriste solo.
La tranquilidad con la que dijo aquello lo irritó otra vez.
—¿Y si nunca lo hacía?
Astrid sonrió apenas.
—Entonces probablemente seguirías pensando que Avery sólo estaba loca.
La palabra golpeó incómodamente entre ambos, porque ahora sonaba distinta, mucho más cruel.
Aldrick pasó una mano por su rostro agotado.
—Necesito pensar.
Astrid inclinó apenas la cabeza.
—¿Pensar en qué exactamente?
Él soltó una pequeña risa seca.
—¿En serio preguntas eso?
Ella lo observó atentamente, como si estuviera intentando medir cuánto había cambiado la manera en que él la miraba, y honestamente… Aldrick tampoco lo sabía todavía.
—No sé qué hacer con toda esta información —admitió finalmente.
Eso hizo que algo cambiara apenas en la expresión de Astrid, muy leve, pero ahí estaba.
Miedo.
Escondido bajo toda esa calma elegante.
—¿Y necesitas alejarte para decidirlo?
La pregunta salió demasiado tranquila, pero Aldrick ya empezaba a notar las pequeñas grietas en ella.
—Sí.
Astrid desvió la mirada apenas unos segundos antes de volver a sonreír.
—Entiendo.
Mentira. No lo entendía. O quizá sí. Demasiado bien.
Aldrick tomó finalmente su saco del respaldo de la silla y por primera vez desde que conoció a Avery Ashbourne… no sabía qué decirle antes de irse.
Astrid lo observó caminar hacia la puerta.
—¿Vas a volver?
Él se detuvo apenas. La pregunta fue inesperadamente humana, pequeña, casi vulnerable.
Aldrick cerró los ojos un segundo antes de responder:
—Sí.
Pero ya no sonó completamente seguro y Astrid lo notó inmediatamente, claro que lo hizo.
Él salió finalmente del despacho dejando atrás el silencio pesado de la habitación y apenas escuchó la puerta cerrarse… Astrid dejó caer lentamente la sonrisa, desapareciendo por completo, porque por primera vez en mucho tiempo… ella también tenía miedo.