Leonard seguía observándolo desde el otro lado de la sala.
—No puedes simplemente ignorarlo, Aldrick.
—No pensaba hacerlo.
—Entonces ¿qué vas a hacer?
Esa era precisamente la pregunta que llevaba torturándolo desde que salió de la mansión.
¿Qué demonios se suponía que hiciera ahora?
Porque antes todo parecía más sencillo, Avery era caótica, problemática, impulsiva, pero ahora… ahora sabía que había algo mucho más profundo roto dentro de ella o dentro de ellas. La idea seguía sonando irreal incluso en su propia cabeza.
Leonard volvió a llenar ambos vasos.
—¿Piensas llevarla con un especialista?
Aldrick levantó lentamente la mirada.
—Si la obligo, Avery va a sentirlo como otra prisión.
—Y Astrid probablemente intentará manipular al especialista.
Eso también era cierto. Leonard soltó el aire lentamente.
—Dios. Tu vida realmente se volvió una novela psicológica.
Aldrick ignoró el comentario, porque honestamente ya estaba demasiado cansado mentalmente para soportarlo. Se dejó caer en el sofá mirando un punto fijo.
—No sé qué hacer.
La confesión salió más baja de lo normal y Leonard entendió inmediatamente la gravedad de eso.
Aldrick Castell jamás admitía no saber qué hacer.
Nunca.
—¿Qué es lo que más te preocupa? —preguntó finalmente.
Silencio.
Largo.
Hasta que Aldrick respondió:
—Que Avery no lo sepa.
Leonard frunció apenas el ceño.
—¿Quieres decírselo?
—No sé.
Y esa era la verdad, porque imaginaba perfectamente el rostro de Avery descubriendo que:
* perdía días enteros,
* otras personalidades tomaban el control,
* y toda su vida había estado fracturada sin entender por qué.
La destruiría, o peor, la haría explotar emocionalmente de formas peligrosas.
Aldrick cerró lentamente los ojos.
—Ella ya se siente rota.
—¿Y Astrid? —preguntó Leonard.
Eso complicaba todavía más todo, porque Astrid no parecía querer ayuda. Astrid parecía… adaptada al caos, como alguien acostumbrada a sobrevivir sola y eso la volvía peligrosa, no por violencia, sino porque sabía exactamente cómo esconderse, manipular, controlar.
Leonard habló lentamente:
—¿Le tienes miedo?
Aldrick abrió nuevamente los ojos. La respuesta tardó demasiado.
—No.
Mentira parcial, porque no le temía físicamente, pero sí le preocupaba la facilidad con la que Astrid lograba entrar bajo su piel, la facilidad con la que lo hacía perder el control.
Leonard soltó una pequeña risa seca.
—Eso sonó poco convincente.
Aldrick ignoró el comentario otra vez. Su cabeza seguía regresando al mismo pensamiento: Avery estaba sola dentro de todo aquello, completamente sola y probablemente llevaba años así. En qué desastre se metió, mejor dicho, qué desastre llevó a su casa. Estaba loco, definitivamente loco aquel día.
La mandíbula de Aldrick se tensó apenas.
—No puedo abandonarla ahora.
Leonard lo observó varios segundos antes de suspirar.
—Sí, ya me di cuenta de eso.
Silencio.
Después añadió algo mucho más serio:
—Sólo ten cuidado, Aldrick.
Él levantó la mirada.
—¿Por qué?
Leonard dudó apenas antes de responder:
—Porque no creo que Astrid sea la única que puede manipular emociones en esa casa.
La frase quedó flotando pesadamente entre ambos porque Aldrick no supo si Leonard estaba hablando de Astrid o de él mismo.